En el último cuarto del siglo XIII, el mayor imperio que el mundo había conocido fijó su mirada en las islas japonesas. Kublai Kan, nieto de Gengis Kan y emperador de la dinastía Yuan de China, envió dos gigantescas flotas de invasión contra Japón en 1274 y 1281. En ambas ocasiones, la combinación de la resistencia feroz de los guerreros samurái y la intervención de tifones devastadores frustró la conquista. Estos acontecimientos marcaron profundamente la historia y la identidad japonesas, dando origen al mito del kamikaze, el viento divino que protegía al país del sol naciente.

Kublai Kan y la exigencia de sumisión
Tras conquistar China, Corea y gran parte de Asia, Kublai Kan envió embajadores a Japón en 1268 exigiendo la sumisión del país. Las cartas, dirigidas al «rey de Japón», amenazaban con la guerra si no se aceptaba la vasallaje. El shogunato de Kamakura, gobernado de facto por el regente Hojo Tokimune, de apenas 18 años, rechazó las demandas sin enviar respuesta. Kublai interpretó el silencio como una afrenta intolerable.
Tokimune se preparó para la guerra ordenando la construcción de defensas costeras y movilizando a los guerreros del oeste de Japón. Cuando nuevos embajadores mongoles llegaron en 1275, Tokimune los hizo decapitar en Kamakura, un acto de desafío sin precedentes que eliminaba toda posibilidad de negociación. El joven regente estaba decidido a defender Japón hasta las últimas consecuencias.
La primera invasión: Bun’ei no Eki (1274)
En noviembre de 1274, una flota de aproximadamente 900 barcos transportando unos 30.000 soldados mongoles, chinos y coreanos zarpó de la península coreana hacia Japón. Tras tomar fácilmente las islas de Tsushima e Iki, donde las pequeñas guarniciones japonesas fueron masacradas, la armada desembarcó en la bahía de Hakata, en la isla de Kyushu.
Los samurái japoneses se encontraron con tácticas de combate completamente diferentes a las suyas. Mientras los guerreros nipones seguían el protocolo de identificarse antes del combate individual, los mongoles luchaban en formaciones disciplinadas, utilizaban arcos compuestos de mayor alcance, flechas envenenadas y bombas de cerámica rellenas de pólvora (tetsuhau) que aterrorizaban a hombres y caballos. A pesar de la sorpresa inicial, los samurái resistieron con tenacidad durante un día de combates encarnizados.
Esa noche, los comandantes mongoles decidieron regresar a los barcos, posiblemente preocupados por la llegada de refuerzos japoneses y por las bajas sufridas. Una tormenta nocturna dañó parte de la flota y los invasores se retiraron a Corea, habiendo perdido, según las fuentes, unos 13.000 hombres. Japón había sobrevivido a la primera prueba.
La segunda invasión: Koan no Eki (1281)
Kublai Kan no aceptó el fracaso. Durante siete años preparó una invasión masiva: dos flotas, una de Corea con 900 barcos y 40.000 hombres, y otra del sur de China con 3.500 barcos y 100.000 soldados. Sería la mayor operación naval de la historia hasta el desembarco de Normandía en 1944. Los japoneses también se habían preparado: construyeron un muro de piedra de unos 20 kilómetros a lo largo de la bahía de Hakata, de dos metros de alto y con base inclinada hacia el mar.
La flota coreana llegó primero en junio de 1281 y se encontró con el muro defensivo, que impidió el desembarco efectivo. Durante semanas, los invasores intentaron establecer cabezas de playa mientras los samurái realizaban audaces incursiones nocturnas en botes pequeños, abordando y quemando barcos enemigos. La flota del sur de China llegó con retraso y las fuerzas combinadas intentaron reagruparse en la isla de Takashima.
Entonces llegó el tifón. El 15 de agosto de 1281, una tormenta de magnitud devastadora azotó la costa durante dos días, destruyendo gran parte de la flota mongola. Los barcos, muchos de ellos embarcaciones fluviales chinas inadecuadas para el mar abierto, se hundieron o se estrellaron contra las rocas. Los supervivientes que llegaron a tierra fueron capturados y ejecutados. Se estima que murieron entre 60.000 y 100.000 invasores. La conquista mongola de Japón había fracasado definitivamente.
El kamikaze y sus consecuencias
Los japoneses interpretaron los tifones como intervención directa de los dioses (kami) en defensa del país, acuñando el término kamikaze («viento divino»). Esta creencia reforzó la noción de Japón como tierra sagrada protegida por fuerzas sobrenaturales, una idea que pervivió durante siglos y fue recuperada trágicamente durante la Segunda Guerra Mundial para bautizar a los pilotos suicidas.
Paradójicamente, la victoria tuvo consecuencias desastrosas para el shogunato de Kamakura. En las guerras anteriores, los guerreros victoriosos eran recompensados con las tierras de los derrotados. Pero contra los mongoles no había botín: el enemigo se había ido o estaba muerto. Miles de samurái que habían luchado heroicamente exigían recompensas que el shogunato no podía dar. Este descontento generalizado minó la legitimidad del gobierno de Kamakura y contribuyó a su caída en 1333, dando paso a una nueva era de conflictos que culminaría en el período Muromachi.
Los mongoles, bajo el mando de Kublai Kan, intentaron invadir Japón en dos ocasiones: en 1274 y en 1281. La primera invasión utilizó unos 900 barcos y 30.000 soldados; la segunda fue mucho mayor, con aproximadamente 4.400 barcos y 140.000 combatientes, siendo la mayor fuerza naval reunida hasta ese momento.
Kamikaze significa «viento divino» y se refiere a los tifones que destruyeron las flotas mongolas en ambas invasiones. En 1281, un tifón devastador hundió gran parte de la armada invasora, salvando a Japón de la conquista. Los japoneses interpretaron estos fenómenos como intervención divina de los dioses protectores del país.
Las invasiones debilitaron económicamente al shogunato de Kamakura, que no pudo recompensar a los guerreros que habían luchado ya que no había botín de guerra. Este descontento contribuyó a la caída del shogunato en 1333. Las invasiones también reforzaron la identidad nacional japonesa y la creencia en la protección divina del país.
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