Durante siglos, toda una parte del pasado humano estuvo literalmente muda: civilizaciones enteras nos dejaban inscripciones sobre tablillas, estelas y muros de templos que nadie sabía leer. Sólo a partir del siglo XIX, con el desciframiento de la Piedra Rosetta, los arqueólogos empezaron a «recuperar voces» del mundo antiguo. Hoy, la mayoría de escrituras han sido descifradas — pero quedan notables excepciones. Este es un repaso a 10 escrituras antiguas, con el año y el nombre de quien consiguió leerlas, desde las resueltas hasta las que siguen siendo un misterio para la lingüística.

1. Jeroglíficos egipcios — descifrados en 1822 por Champollion
El desciframiento más famoso y el que abrió la egiptología moderna. Jean-François Champollion (1790-1832) resolvió el enigma de los jeroglíficos gracias a la Piedra Rosetta (encontrada en 1799 por un oficial de Napoleón), un decreto del 196 a.C. repetido en tres escrituras: jeroglífica, demótica y griega. Champollion identificó en 1822 que los jeroglíficos tenían valor fonético además de ideográfico, contradiciendo 1.500 años de especulación que los tomaba por símbolos puros. El nombre «Ptolomeo» fue la primera palabra que leyó. A partir de ese momento se pudo leer a los faraones directamente tras 1.400 años de silencio (el último texto jeroglífico es de 394 d.C., en Filae).
2. Cuneiforme — descifrado entre 1835-1857 por Rawlinson y Hincks
La escritura más antigua del mundo (c. 3200 a.C.) fue descifrada gracias a la inscripción de Behistún: una proclamación de Darío I grabada en un acantilado persa en tres idiomas (persa antiguo, elamita y babilonio). El oficial británico Henry Rawlinson, que trabajaba en Persia, copió la inscripción colgado de cuerdas durante años (1835-1847). El irlandés Edward Hincks resolvió paralelamente el acadio/babilonio. En 1857 la Royal Asiatic Society convocó una «prueba» en la que cuatro académicos recibieron el mismo texto acadio para traducir de forma independiente: los resultados coincidieron, confirmando que el cuneiforme estaba descifrado. Hoy sabemos leer sumerio, acadio, babilonio, asirio, hitita, elamita y ugarítico — todos variantes del cuneiforme.
3. Lineal B — descifrado en 1952 por Michael Ventris
La escritura micénica de la Grecia del siglo XVI-XII a.C. aparecía en tablillas de arcilla en Knossos (Creta) y Pilos. Durante 50 años nadie consiguió descifrarla porque se asumía que no era griego. El arquitecto inglés Michael Ventris, aficionado a la lingüística, descubrió en 1952 — con trabajo estadístico sobre las terminaciones — que era griego arcaico, 500 años anterior al griego homérico. La confirmación definitiva llegó con la tablilla de Pilos, que incluía los nombres de Hermes, Zeus, Poseidón y Ares ya presentes en el panteón olímpico posterior. Ventris murió trágicamente en un accidente de coche en 1956, a los 34 años, pocas semanas después de publicar su gran libro.
4. Jeroglíficos mayas — descifrados progresivamente desde los años 1950
La escritura maya, usada entre 300 y 1500 d.C., fue el gran desciframiento tardío del siglo XX. El ruso Yuri Knorozov (1922-1999) publicó en 1952 la hipótesis clave — que el maya era logo-silábico, combinando signos-palabra con signos-sílaba — enfrentándose al establishment norteamericano que lo consideraba puramente ideográfico. Tres décadas después, con el trabajo acumulado de Linda Schele, David Stuart, Tatiana Proskouriakoff y Heinrich Berlin, se consiguió leer más del 85% de los textos. Permitió reconstruir toda la historia dinástica maya clásica: reyes de Tikal, Palenque y Copán con fechas exactas, guerras, alianzas matrimoniales. Fue la última gran escritura antigua «recuperada».
5. Escritura protosinaítica — descifrada parcialmente desde 1916
Inscripciones encontradas en el Sinaí por Flinders Petrie en 1905, datadas en c. 1800-1500 a.C., representaron durante décadas un misterio. Alan Gardiner publicó en 1916 que se trataba de una escritura alfabética ancestral del fenicio, derivada de jeroglíficos egipcios simplificados y adaptada por trabajadores semitas para escribir su propia lengua. Es literalmente el primer alfabeto documentado: la «a» de hoy desciende del signo de un buey (‘alp), la «b» de una casa (bayt). Aunque no todas las inscripciones se leen con confianza, el principio alfabético es claro y esta escritura es la madre del hebreo, griego, latino y árabe.
6. Escritura hitita (luwita jeroglífica) — descifrada en los años 1930-1970
Los hititas, poder indoeuropeo del segundo milenio a.C. en Anatolia, usaron el cuneiforme para sus archivos oficiales pero también una escritura jeroglífica propia (luwita jeroglífica) para monumentos. Tras los trabajos de Bedřich Hrozný (que descifró el hitita cuneiforme en 1915) y décadas después de Emmanuel Laroche, la escritura jeroglífica luwita se consideró resuelta hacia los años 1970. Gracias a ello podemos leer correspondencia real entre el rey hitita y los faraones egipcios (la famosa carta del Tratado de Kadesh con Ramsés II).
7. Alfabeto ugarítico — descifrado en 1930 por Bauer, Dhorme y Virolleaud
En 1929, el excavador Claude Schaeffer encontró en la costa siria (Ras Shamra) tablillas con signos cuneiformes claramente diferentes de los mesopotámicos. Había sólo 30 signos — indicio de un alfabeto. Tres eruditos independientes (Hans Bauer, Édouard Dhorme, Charles Virolleaud) resolvieron el cuadro en meses, en 1930. El ugarítico resultó ser una lengua semítica próxima al hebreo y al fenicio, y sus tablillas incluyen los mitos cananeos (Baal, Anat, Mot) que después se reinterpretarían en la literatura hebraica bíblica. Importa porque revela el sustrato religioso del cananeísmo del que emergió la tradición israelita.
8. Lineal A — SIN DESCIFRAR (minoica, c. 1800-1450 a.C.)
La escritura de los minoicos de Creta — la civilización palaciega de Knossos antes de la llegada de los micénicos griegos — es uno de los grandes enigmas de la lingüística. Los signos son similares al Lineal B (que descendió de ella), pero la lengua es desconocida y no parece emparentada con ninguna familia identificada. Se conservan unas 1.400 inscripciones cortas, sobre todo en tablillas administrativas y vasos rituales. Sin una «Piedra Rosetta» minoica y con corpus limitado, el desciframiento parece improbable sin nuevos hallazgos. Los minoicos, que inspiraron el mito del Minotauro, siguen sin hablarnos directamente.
9. Escritura del Indo — SIN DESCIFRAR (Harappa, c. 2600-1900 a.C.)
La civilización del valle del Indo (Mohenjo-Daro, Harappa) es una de las cuatro grandes cuna de la civilización junto con Mesopotamia, Egipto y China. Pero a diferencia de ellas, su escritura sigue siendo un misterio. Se conservan unos 4.000 sellos y objetos con signos — la mayoría inscripciones cortas, de 4-5 caracteres — y hay unos 400-500 signos distintos identificados. Debate abierto: ¿era una escritura completa o sólo un sistema de marcas administrativas? ¿Representaba una lengua dravidiana? ¿Indoeuropea? Sin bilingües, la escritura del Indo seguirá siendo muda mientras no aparezca un texto largo o bilingüe.
10. Rongorongo de la Isla de Pascua — SIN DESCIFRAR (c. 1700?)
Los rongorongo son tablillas de madera con pictogramas encontradas en la Isla de Pascua en el siglo XIX. Sólo se conservan 26 objetos auténticos. Nadie sabe cuándo se inventó la escritura (posiblemente antes del contacto europeo o quizás como respuesta a él, c. 1700) ni qué lengua registra. Los signos son claramente pictográficos — figuras humanas esquemáticas, animales marinos, símbolos celestes — pero el corpus es tan pequeño y los informantes nativos del siglo XIX resultaron poco fiables (daban traducciones contradictorias). Si el rongorongo fuera una escritura plena, sería la única escritura polinesia conocida; si fuera proto-escritura mnemotécnica, su lectura literal sería imposible. Sigue debatiéndose.
Lo que nos enseñan los desciframientos
Casi siempre hace falta lo mismo para leer una escritura perdida: una bilingüe (la Piedra Rosetta, Behistún), un corpus suficientemente grande para análisis estadísticos (Lineal B), o la identificación correcta de la lengua subyacente (lo que Ventris hizo al reconocer griego en el Lineal B). Sin ninguno de los tres, el desciframiento se vuelve probabilísticamente imposible. El Indo y el rongorongo carecen de los tres. Pero la historia enseña cautela: hasta 1952 nadie habría apostado por descifrar el Lineal B, y hasta los años 70 la escritura maya parecía intratable. La próxima gran bilingüe — escondida bajo toneladas de tierra — podría hablarnos mañana.
Una «Piedra Rosetta» es, en sentido general, un texto escrito en varias escrituras o lenguas de las que al menos una ya se conoce. Permite equivaler signos desconocidos a signos conocidos. El caso original — la estela encontrada en 1799 — tiene el decreto de Ptolomeo V (196 a.C.) en jeroglíficos egipcios, demótico y griego. Como se sabía leer griego, Champollion pudo emparejar palabras y deducir los valores fonéticos de los jeroglíficos. La inscripción de Behistún funcionó como la «Piedra Rosetta» del cuneiforme. Sin ese tipo de «puente» lingüístico, descifrar una escritura requiere un corpus enorme y mucha suerte.
Por tres razones combinadas. Primero, el corpus es limitado: unos 4.000 sellos con inscripciones de sólo 4-5 caracteres de media, insuficiente para análisis estadísticos fiables. Segundo, no hay bilingüe conocida — ningún texto donde los mismos signos aparezcan junto a una escritura ya descifrada. Tercero, no sabemos qué lengua transcribe; las dos hipótesis principales (dravidiana o indoeuropea) son incompatibles. Además, algunos académicos dudan de que sea una escritura propiamente dicha: podría tratarse de un sistema de marcas administrativas sin codificación lingüística plena. Para resolverlo se necesitaría un hallazgo arqueológico muy específico: un texto largo o bilingüe.
Porque hoy podemos leer más del 85% de los textos y hay descendientes vivos del maya (unos 6 millones de hablantes) que pueden verificar las lecturas. Cuando se transcribe un glifo como «Kinich Janaab Pakal» (nombre del famoso rey de Palenque), los lingüistas pueden comprobar con los diccionarios existentes de yucateco, ch’ol y quiché que el nombre es morfológicamente coherente. Además, las fechas del calendario maya leídas en estelas encajan con las fechas astronómicas reales (eclipses, posiciones de Venus), lo que confirma que se lee correctamente. La escritura maya fue la última gran escritura antigua «redescubierta» por completo.
Yuri Knorozov (1922-1999) fue el lingüista soviético que en 1952 publicó la hipótesis correcta sobre la escritura maya (era logo-silábica, no puramente ideográfica), abriendo la puerta a su desciframiento. Es menos famoso que Champollion porque trabajaba aislado en Leningrado durante la Guerra Fría, su hipótesis fue inicialmente rechazada por el establishment mayista norteamericano (liderado por Eric Thompson), y el desciframiento pleno tomó décadas más con el trabajo de otros (Linda Schele, David Stuart). La historia del maya como desciframiento colectivo contrasta con el egipcio, que se atribuyó a un único genio. Pero Knorozov merece su lugar: sin su intuición fundamental de 1952, leer a los reyes mayas habría tardado mucho más.
Los avances más recientes no son «desciframientos» totales sino refinamientos significativos. El elamita lineal (del suroeste de Irán, c. 2300-1900 a.C.) ha sido descifrado progresivamente por el grupo del francés François Desset, con resultados publicados en 2020-2022. Ciertos pasajes del meroítico (Nubia, 300 a.C.-300 d.C.) siguen parcialmente impenetrables. En el sur de Arabia, inscripciones sabaítas y himyaríticas siguen aportando sorpresas. Y aplicaciones de inteligencia artificial a corpus parciales (como Lineal A o Indo) están siendo exploradas, aunque sin resultados concluyentes todavía. El campo sigue activo.
