El 21 de febrero de 1978, unos obreros de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro cavaban una zanja en pleno corazón de la Ciudad de México, detrás de la Catedral Metropolitana, cuando una de sus palas golpeó algo duro. Era un monolito circular de 3,25 metros de diámetro y ocho toneladas con el cuerpo desmembrado de una diosa tallado en bajorrelieve: Coyolxauhqui, la hermana asesinada de Huitzilopochtli. Aquel hallazgo fortuito desbloqueó la excavación del Templo Mayor de Tenochtitlán, la doble pirámide que durante dos siglos fue el centro simbólico y ritual del imperio azteca y que los españoles habían creído perdida para siempre bajo el damero colonial.

El Proyecto Templo Mayor, dirigido desde entonces por el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, ha sacado a la luz siete etapas constructivas superpuestas, más de 200 ofrendas rituales enterradas en el basamento y decenas de miles de objetos. Lo que sabemos hoy del Huey Teocalli —»Gran Templo» en náhuatl— viene casi todo de esos 47 años de excavación en una manzana del Centro Histórico que técnicamente sigue activa.
Una pirámide doble: Tláloc y Huitzilopochtli
El Templo Mayor no era una pirámide normal. Sobre un basamento único de planta cuadrangular se alzaban dos santuarios gemelos, con escalinatas paralelas. El del norte, pintado de azul y blanco, estaba dedicado a Tláloc, el dios de la lluvia, la fertilidad y las aguas que alimentaban las chinampas del lago de Texcoco. El del sur, pintado de rojo y blanco, a Huitzilopochtli, el dios solar tribal de los mexicas, patrón de la guerra y del imperio. La dualidad resumía en piedra la economía y la ideología aztecas: agua y sol, agricultura y conquista, lluvia y sangre.
En su etapa final, hacia 1500, el basamento medía aproximadamente 82 × 77 metros en la base y unos 45 metros de altura, coronado por los dos adoratorios techados con vigas de madera. Dos escalinatas de más de 110 peldaños subían por la cara oeste, flanqueadas por alfardas rematadas con cabezas de serpientes. Al pie de la escalinata de Huitzilopochtli, precisamente, estaba empotrado el monolito de Coyolxauhqui, recordando el mito fundacional: Huitzilopochtli nace armado del vientre de Coatlicue en el cerro Coatépec, decapita a su hermana Coyolxauhqui y arroja su cuerpo rodando cuesta abajo. Cada víctima sacrificada en lo alto del templo era, simbólicamente, Coyolxauhqui cayendo otra vez.
Siete templos enterrados uno dentro del otro
Los mexicas no demolían su templo para ampliarlo: lo envolvían. Cada ciclo de 52 años (el «siglo» mesoamericano, el xiuhmolpilli) y cada vez que un nuevo tlatoani subía al trono, se añadía una capa de piedra y estuco alrededor del edificio anterior. El resultado, como reveló la excavación, es una muñeca rusa arqueológica con al menos siete etapas constructivas principales, más numerosas subfases. La etapa II, muy bien conservada porque está casi intacta bajo las posteriores, fecha hacia 1390 y conserva todavía in situ el chacmool pintado del templo de Tláloc y la piedra de sacrificios del templo de Huitzilopochtli.
Los cronistas españoles conocieron el templo en su etapa VII, construida por Moctezuma II hacia 1502. Bernal Díaz del Castillo, en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cuenta cómo subió esos peldaños en 1519 junto a Cortés y describe los adoratorios manchados de sangre, las cabezas del tzompantli y el olor a copal y carne quemada «que parecía matadero». Fray Bernardino de Sahagún, décadas después, recogió en náhuatl la descripción de los 78 edificios del recinto sagrado que rodeaba al Templo Mayor.
Las ofrendas: una enciclopedia del imperio enterrada en piedra
La mayor sorpresa del Proyecto Templo Mayor no fueron las piedras, sino lo que había debajo. Hasta 2024 se han localizado más de 200 ofrendas rituales depositadas en cajas de lajas bajo los pisos del basamento, en los rellenos entre etapas y en los ejes ceremoniales. Cada ofrenda es una composición cuidadosamente ordenada con objetos traídos desde todos los confines del imperio: máscaras olmecas y teotihuacanas de cientos de años de antigüedad —antigüedades recolectadas por los propios mexicas—, caracolas del Caribe y del Pacífico, coral rojo, cuchillos de sílex con ojos de concha, esculturas de piedra verde, braseros, vasijas de estilo mixteco y esqueletos de jaguares, pumas, águilas, tiburones y cocodrilos.
La Ofrenda 126, descubierta en 2006, contenía los restos óseos de más de 20 lobos jóvenes vestidos ritualmente con orejeras y pectorales de oro, acompañados de cuchillos y figuras. La Ofrenda 102 incluía un esqueleto de jaguar con una esfera de jade en las fauces. Cada una funciona como un microcosmos: el imperio entero comprimido en una caja de piedra, con sus mares, sus selvas, sus montañas y sus tributarios. Leonardo López Luján, actual director del Proyecto, las llama «páginas de un códice tridimensional».
La Coyolxauhqui y la loba de Tlaltecuhtli
El monolito de Coyolxauhqui descubierto en 1978 marca en realidad el inicio de la arqueología moderna del Templo Mayor. Muestra a la diosa lunar desmembrada, con el torso desnudo, serpientes atando sus tobillos y muñecas, y cascabeles en las mejillas (coyolli, «cascabel», da nombre a la diosa: «la de cascabeles en el rostro»). Conserva rastros de policromía en rojo, azul y ocre. Se exhibe hoy, junto al resto del material de las excavaciones, en el Museo del Templo Mayor de Ciudad de México, inaugurado en 1987 y diseñado por Pedro Ramírez Vázquez.

En octubre de 2006 apareció una pieza aún más espectacular: el monolito de Tlaltecuhtli, 4,17 × 3,62 metros y casi 12 toneladas, el mayor bloque azteca tallado jamás hallado. Representa a la diosa de la tierra en su forma monstruosa, pariendo o devorando, con las garras abiertas y un cráneo en la boca. Estaba enterrado junto a un riquísimo depósito funerario que algunos investigadores asocian a los restos del tlatoani Ahuízotl, muerto en 1502, aunque la identificación sigue en debate.
La destrucción y el olvido
Cuando Tenochtitlán cayó el 13 de agosto de 1521, Cortés ordenó demoler sistemáticamente el Templo Mayor. Sus piedras se reutilizaron como cimientos y muros de la nueva Ciudad de México colonial: buena parte de la Catedral Metropolitana, del Sagrario y del Palacio Nacional están construidos con bloques que alguna vez fueron parte del Huey Teocalli. Durante casi cuatro siglos el templo desapareció bajo el damero de calles virreinales y republicanas, y lo que los mexicanos sabían de él provenía solo de los textos de Sahagún, Durán y los propios conquistadores.
Hubo hallazgos fortuitos antes de 1978 —la Piedra del Sol en 1790, la Coatlicue el mismo año—, pero el basamento como tal permaneció enterrado hasta que el monolito de Coyolxauhqui forzó la expropiación de toda la manzana y el inicio del proyecto sistemático. Hoy es un parque arqueológico abierto al público desde 1982, Patrimonio de la Humanidad como parte del Centro Histórico de la Ciudad de México desde 1987.
Legado: el templo que nunca terminó de excavarse
El Templo Mayor es hoy una de las pocas ruinas del mundo donde la arqueología sigue activa de forma permanente bajo los pies de millones de transeúntes. Cada pocos años aparece una nueva ofrenda. En 2020 se localizó una plataforma de cráneos del Huey Tzompantli con más de 600 cabezas incrustadas. En 2023 se identificó una escultura de un jaguar moteado en los rellenos de la etapa IV. La excavación se ha convertido en la mejor ventana disponible a la vida religiosa y política del último siglo azteca, el momento en que Moctezuma II gobernaba un imperio de seis millones de personas desde esa doble pirámide.
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Preguntas frecuentes sobre el Templo Mayor
En pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, justo al noreste de la Catedral Metropolitana, entre las calles Seminario, Justo Sierra y República de Guatemala. La zona arqueológica y su museo ocupan parte de la manzana donde originalmente se alzaba el recinto sagrado de Tenochtitlán.
Porque estaba dedicado a dos dioses fundamentales para los mexicas: Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad agrícola, y Huitzilopochtli, dios solar y patrón de la guerra y del imperio. La dualidad simbolizaba la base de la economía azteca: las chinampas regadas por la lluvia y las conquistas militares que sostenían la ciudad.
Al menos siete etapas principales superpuestas, cada una envolviendo por completo la anterior. Los mexicas ampliaban el templo cada vez que entronizaban a un nuevo tlatoani o al final de cada ciclo de 52 años. La etapa II, del siglo XIV, es la mejor conservada porque quedó sellada bajo las siguientes ampliaciones.
Hernán Cortés ordenó demolerlo tras la caída de Tenochtitlán en 1521 y sus piedras se reutilizaron en la construcción de la Catedral Metropolitana, el Sagrario y el Palacio Nacional. El basamento permaneció enterrado bajo el damero colonial hasta que en 1978 el hallazgo fortuito del monolito de Coyolxauhqui desencadenó la excavación moderna.
El 21 de febrero de 1978, unos trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza que excavaban una zanja para tender cables detrás de la Catedral dieron con el monolito circular de ocho toneladas. El hallazgo forzó al gobierno a expropiar toda la manzana y puso en marcha el Proyecto Templo Mayor, dirigido por el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma.
Sí. La zona arqueológica del Templo Mayor y su museo están abiertos al público desde 1982 y 1987 respectivamente. Se recorren las siete etapas constructivas a través de pasarelas elevadas y se pueden ver in situ el chacmool de Tláloc, las cabezas de serpiente y las reproducciones de los monolitos, mientras que las piezas originales —Coyolxauhqui, Tlaltecuhtli, ofrendas— se exhiben en el museo anexo.
