Las guerras del período Sengoku: un siglo de caos que forjó Japón

El período Sengoku (1467-1615) fue el siglo y medio más violento y más transformador de la historia de Japón: una era de guerra civil casi permanente en la que los señores feudales (daimyō) lucharon por la supremacía mientras el gobierno central del shogunato Ashikaga se desmoronaba. De este caos emergieron los tres «grandes unificadores» —Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu— que forjaron el Japón moderno con una combinación de genio militar, brutalidad estratégica y astucia política. Un proverbio japonés resume sus personalidades: «Nobunaga amasa la harina, Hideyoshi hace el pastel y Ieyasu se lo come.»

Las Guerras del Período Sengoku: un Siglo de Caos Que Forjó Japón
Las Guerras del Período Sengoku: un Siglo de Caos Que Forjó Japón

La Guerra Ōnin: el detonante del caos

El Sengoku comenzó con la Guerra Ōnin (1467-1477), una disputa sucesoria dentro del shogunato Ashikaga que se libró principalmente en Kioto, la capital imperial. Durante diez años, dos facciones de la aristocracia militar arrasaron la ciudad en combates callejeros que destruyeron templos, palacios y barrios enteros. Cuando la guerra terminó sin un vencedor claro, la autoridad del shogunato había sido destruida de facto. Los gobernadores provinciales, que hasta entonces habían sido funcionarios del gobierno central, se convirtieron en señores independientes que gobernaban sus dominios por la fuerza.

La era que siguió fue de una movilidad social sin precedentes en la historia japonesa. Campesinos se convirtieron en soldados, soldados en señores feudales, monjes en guerreros. El concepto de gekokujō («los de abajo derrocan a los de arriba») definió la época: el nacimiento y la tradición dejaron de garantizar el poder; solo la fuerza y la astucia lo hacían.

Oda Nobunaga: la revolución militar

Oda Nobunaga (1534-1582) fue el primer señor feudal en comprender que la guerra en Japón había cambiado para siempre con la llegada de las armas de fuego, introducidas por los portugueses en 1543. Mientras otros daimyō despreciaban los mosquetes como armas innobles, Nobunaga los produjo en masa y entrenó a campesinos como arcabuceros. En la batalla de Nagashino (1575), sus 3.000 arcabuceros, disparando en descargas rotativas detrás de empalizadas, destruyeron la legendaria caballería del clan Takeda, demostrando que la era del samurái individual había terminado.

Nobunaga fue un innovador despiadado: destruyó el complejo monástico de Enryaku-ji en el monte Hiei (1571), matando a miles de monjes guerreros que habían desafiado su autoridad, y aplastó las ligas de campesinos budistas Ikkō-ikki en campañas de una crueldad que horrorizó incluso a sus contemporáneos. Fue asesinado en 1582 por uno de sus propios generales, Akechi Mitsuhide, en el templo Honnō-ji de Kioto. Rodeado y sin escapatoria, Nobunaga prendió fuego al templo y murió entre las llamas.

Hideyoshi y Ieyasu: completar la unificación

Toyotomi Hideyoshi (1537-1598), hijo de un campesino que ascendió desde portador de sandalias hasta señor supremo de Japón, completó la unificación iniciada por Nobunaga. Su mayor logro interno fue la «caza de espadas» (katanagari) de 1588, que desarmó al campesinado y estableció una separación rígida entre samuráis y campesinos que definiría la sociedad japonesa durante los siguientes 280 años. Su mayor error fue la invasión de Corea (1592-1598), una campaña megalómana que pretendía conquistar China y que terminó en un costoso fracaso.

Tokugawa Ieyasu (1543-1616) fue el más paciente de los tres unificadores. Esperó a que Hideyoshi muriera, venció a sus rivales en la batalla de Sekigahara (1600) —la mayor batalla de la historia japonesa, con más de 160.000 combatientes— y fundó el shogunato Tokugawa en 1603. La paz que impuso duró 265 años, la era más larga de estabilidad de la historia japonesa, pero al precio de aislar a Japón del mundo exterior y congelar su estructura social en un sistema de castas que no se aboliría hasta 1868.

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