Babilonia fue durante más de mil años la ciudad más grande, influyente y mítica del mundo antiguo. Situada a orillas del Éufrates, en el corazón de la llanura mesopotámica, llegó a tener dos períodos de esplendor que marcaron la historia de la humanidad: bajo el rey Hammurabi en el siglo XVIII a.C., cuando unificó por primera vez Mesopotamia bajo un único código de leyes, y bajo Nabucodonosor II en el siglo VI a.C., cuando sus murallas, jardines y zigurats la convirtieron en la ciudad más espectacular que jamás se había construido. Su nombre — Babilu, «Puerta de los Dioses» — todavía resuena en la cultura occidental como símbolo de poder, grandeza y, desde la tradición bíblica, también de orgullo y caída.

Dónde estaba Babilonia: geografía y fundación
Babilonia se ubicaba unos 90 kilómetros al sur de la actual Bagdad, en la orilla oriental del río Éufrates, en la provincia iraquí de Babil. Sus ruinas siguen siendo visibles hoy, aunque gravemente dañadas por siglos de saqueos y por la guerra de Irak. La ciudad aparece mencionada por primera vez en textos sumerios del tercer milenio a.C. como un asentamiento menor, pero su nombre original acadio, Bab-ilu o Bab-ilani, significa «Puerta del Dios» o «Puerta de los Dioses» — una traducción interpretada que los hebreos recogerían siglos después en el Génesis como Babel.
El emplazamiento era excepcional. El Éufrates garantizaba agua para el regadío, transporte fluvial y defensa natural; la llanura circundante era extraordinariamente fértil; y la ubicación central en Mesopotamia permitía controlar las rutas comerciales entre el sur sumerio, el norte asirio, los montes del Zagros y las costas del Golfo Pérsico. Durante sus dos mil años de historia, Babilonia pasó por múltiples fases: de ciudad-estado amorrea a capital imperial, de provincia asiria a metrópolis neobabilónica, de satrapía persa a ciudad griega bajo Alejandro Magno, hasta su abandono final en época parta.
Babilonia bajo Hammurabi: el primer gran imperio del Éufrates
El primer gran momento de Babilonia llegó con la Primera Dinastía babilónica (aproximadamente 1894-1595 a.C.), fundada por dinastas amorreos llegados del desierto sirio. Su sexto rey, Hammurabi (1792-1750 a.C.), transformó una ciudad mediana en la capital de un imperio que se extendía desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo superior. Sus campañas militares derrotaron sucesivamente a los reinos de Elam, Larsa, Eshnunna y Mari, unificando Mesopotamia por primera vez bajo una sola autoridad.
El legado más duradero de Hammurabi no fueron sus conquistas militares sino su Código de Leyes, grabado en una estela de basalto de 2,25 metros que se conserva en el Museo del Louvre. Con 282 artículos organizados en categorías (comercio, familia, propiedad, esclavitud, responsabilidad profesional), el código de Hammurabi es la compilación jurídica más antigua conservada del mundo. Su famosa fórmula talional — «ojo por ojo, diente por diente» — no era brutalidad sin sentido sino un principio de proporcionalidad que limitaba la venganza privada y marcaba el paso de la justicia tribal a la justicia estatal.
Tras Hammurabi, Babilonia entró en un largo declive. Fue saqueada por los hititas hacia 1595 a.C., dominada durante cuatro siglos por los casitas, y finalmente sometida por los asirios en el siglo IX a.C. Durante más de un milenio siguió siendo una de las ciudades más importantes de Mesopotamia, pero había perdido la hegemonía política. Recuperarla tomaría otra gran dinastía.
Nabucodonosor II y la Babilonia neobabilónica: la ciudad más grande del mundo antiguo
El segundo gran esplendor llegó con el Imperio Neobabilónico (626-539 a.C.), fundado por Nabopolasar tras la caída de la Asiria de Nínive. Pero fue su hijo Nabucodonosor II (reinó 605-562 a.C.) quien convirtió a Babilonia en la ciudad más grande, rica y espectacular que el mundo había visto. Estratega militar brillante, destruyó el reino de Judá, deportó a la élite hebrea (origen del «cautiverio de Babilonia» narrado en la Biblia) y extendió su imperio desde Egipto hasta Persia.
La Babilonia de Nabucodonosor ocupaba unos 900 hectáreas intramuros y tenía una población estimada en 200.000 habitantes — una escala sin precedentes. Estaba protegida por una triple línea de murallas, entre las que, según Herodoto, podían correr dos carros de caballos paralelos. El Éufrates la cruzaba de norte a sur dividiendo la ciudad en dos mitades conectadas por un gran puente de madera. El centro lo ocupaban los grandes templos, los palacios reales y el recinto sagrado del dios patrono Marduk.
Los monumentos de Babilonia: puerta, torre y jardines
Tres construcciones hicieron de Babilonia la ciudad icónica del mundo antiguo, y aún hoy definen la imagen que tenemos de ella:
La Puerta de Ishtar. Entrada monumental a la ciudad, dedicada a la diosa del amor y la guerra, cubierta de ladrillos vidriados en azul lapislázuli con relieves de toros y dragones sirrush. Fue reconstruida parcialmente en Berlín en el siglo XX con los materiales originales excavados por los alemanes, y se puede visitar en el Museo de Pérgamo. Es el mejor testimonio material que se conserva del esplendor neobabilónico. Conoce su historia completa en nuestro artículo sobre la Puerta de Ishtar.
El zigurat Etemenanki: la Torre de Babel. Templo-escalonado dedicado a Marduk, con siete niveles y unos 91 metros de altura según Herodoto. Era la estructura más alta de Mesopotamia y el eje sagrado del imperio neobabilónico. La tradición bíblica del Génesis, escrita durante el cautiverio de los judíos en Babilonia, lo transformó en la mítica Torre de Babel, símbolo del orgullo humano castigado por la dispersión de las lenguas. Del zigurat apenas queda la base, pero las excavaciones han confirmado sus dimensiones monumentales.
Los Jardines Colgantes. Una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, atribuidos tradicionalmente a Nabucodonosor II, quien supuestamente los construyó para consolar a su esposa Amitis, originaria de las verdes montañas de Media y nostálgica del paisaje árido mesopotámico. Los jardines eran terrazas escalonadas cubiertas de vegetación, irrigadas por un ingenioso sistema hidráulico. Su existencia, sin embargo, sigue siendo objeto de debate: ninguna inscripción neobabilónica los menciona, y algunas teorías los sitúan en realidad en Nínive, capital asiria. Profundiza en el enigma en nuestro artículo sobre los Jardines Colgantes.
Marduk y la religión babilónica
La religión de Babilonia giraba en torno a Marduk, dios patrono de la ciudad y, tras su ascenso, rey del panteón mesopotámico. Originalmente una deidad menor asociada a la agricultura, Marduk fue elevado a la categoría de dios supremo durante el reinado de Hammurabi y consolidó su posición con el imperio neobabilónico. El Enuma Elish — el gran poema de la creación babilónica — narra cómo Marduk derrotó a la monstruosa Tiamat, diosa del caos primigenio, y con su cadáver creó el cielo, la tierra y la humanidad. Es la cosmogonía que influiría en relatos posteriores, incluido el Génesis bíblico. Descubre la figura de este dios en nuestro artículo sobre Marduk.
El festival más importante de la ciudad era el Akitu, la fiesta de año nuevo celebrada en primavera durante doce días. El rey era ritualmente humillado por el sumo sacerdote — le arrancaba la corona y le abofeteaba — para después reinvestirlo como representante de Marduk en la tierra, en un ciclo cósmico de muerte y renacimiento que renovaba el pacto entre la ciudad y su dios. Sin la celebración del Akitu en Babilonia, se creía, el mundo no podía continuar otro año.
La vida cotidiana en Babilonia
Babilonia era una metrópolis cosmopolita donde convivían babilonios, arameos, judíos deportados, elamitas, medos y mercaderes de todo el mundo conocido. Las calles, trazadas con cierto orden rectilíneo cerca del centro ceremonial, se estrechaban y serpenteaban en los barrios residenciales. Las casas, construidas con ladrillo cocido al sol, se organizaban en torno a patios centrales y podían tener dos plantas. La clase alta vivía cerca del Éufrates y del palacio; los artesanos y comerciantes, en barrios periféricos junto a las puertas de la ciudad. Los archivos cuneiformes excavados muestran una economía compleja basada en templos, casas de comercio privadas y préstamos con interés. Profundiza en la vida cotidiana de Mesopotamia.
La caída de Babilonia y su legado
Babilonia cayó en 539 a.C., cuando Ciro el Grande de Persia entró en la ciudad sin apenas combatir. Según las fuentes persas y bíblicas, la toma fue facilitada por el descontento interno contra el último rey, Nabonido, que había ofendido al clero de Marduk al favorecer el culto al dios lunar Sin. Ciro se presentó como liberador y devolvió las estatuas divinas confiscadas a sus ciudades originales. Bajo el imperio aqueménida, Babilonia siguió siendo una de las cuatro capitales imperiales, pero perdió su independencia para siempre.
Alejandro Magno la conquistó en 331 a.C. y planeaba convertirla en capital de su imperio, pero murió allí en 323 a.C. antes de poder hacerlo. Los sucesores seléucidas trasladaron la corte a Seleucia del Tigris, y Babilonia entró en un lento declive demográfico. En época parta y romana quedó reducida a una aldea. Cuando los árabes islámicos conquistaron Mesopotamia en el siglo VII d.C., Babilonia era ya una ruina olvidada. La redescubrió el viajero italiano Pietro della Valle en 1616, y las grandes excavaciones del siglo XIX — especialmente las del alemán Robert Koldewey, entre 1899 y 1917 — revelaron los restos monumentales que conocemos hoy. Conoce más sobre las invasiones y caída final de la ciudad.
El legado cultural de Babilonia es imposible de medir. El sistema sexagesimal que usamos para el tiempo (60 segundos, 60 minutos) y los círculos (360 grados) procede de los matemáticos babilonios. La astronomía occidental nace de las observaciones babilónicas: el zodíaco, el año de 12 meses, la semana de siete días y la división del cielo en constelaciones tienen origen mesopotámico. Y su presencia en la Biblia — como tierra del cautiverio hebreo y como gran ramera del Apocalipsis — hizo que el nombre «Babilonia» siga resonando en la cultura occidental como símbolo de poder terrenal, orgullo civilizatorio y grandeza condenada.
Las ruinas de Babilonia se encuentran a unos 90 km al sur de Bagdad, en la provincia iraquí de Babil, sobre la orilla oriental del río Éufrates. El sitio arqueológico fue inscrito como Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2019. Ha sufrido daños por saqueos y por la guerra de Irak, pero aún se pueden visitar los restos de las murallas, el palacio de Nabucodonosor, la vía procesional y la base del zigurat Etemenanki.
El nombre original acadio era Bab-ilu o Bab-ilani, que significa «Puerta del Dios» o «Puerta de los Dioses». Esta interpretación fue recogida por los autores bíblicos hebreos como Babel, término que acabó asociándose también con la raíz balal («confundir») en el relato de la Torre de Babel. «Babilonia» es la forma grecolatina del nombre que llegó a las lenguas modernas.
Babilonia existía como pequeño asentamiento desde el tercer milenio a.C., pero fue convertida en capital imperial por dos dinastías. La Primera Dinastía babilónica, amorrea, la elevó al rango de gran potencia bajo Hammurabi (1792-1750 a.C.). La Dinastía Neobabilónica, con Nabucodonosor II (605-562 a.C.), la reconstruyó y monumentalizó hasta convertirla en la ciudad más grande del mundo antiguo, con sus famosas murallas, la Puerta de Ishtar y el zigurat Etemenanki.
Bajo Nabucodonosor II, Babilonia habría alcanzado unos 200.000 habitantes en una superficie intramuros de aproximadamente 900 hectáreas, lo que la convierte probablemente en la ciudad más grande del mundo en ese momento (siglo VI a.C.). Las cifras exactas dependen de reconstrucciones arqueológicas y de la interpretación de los textos de Herodoto, que tendían a exagerar, pero todas las estimaciones modernas la sitúan en el rango de grandes metrópolis antiguas.
El Imperio Neobabilónico cayó en 539 a.C. ante Ciro el Grande de Persia. Las causas fueron múltiples: el descontento del clero de Marduk con el rey Nabonido, que había favorecido al dios lunar Sin; la crisis económica tras las grandes construcciones monumentales; la presión militar persa; y la traición interna de las élites babilónicas, que vieron en Ciro a un liberador. Babilonia quedó integrada en el Imperio Aqueménida como una de sus cuatro capitales.
Babilonia es una de las ciudades más mencionadas en la Biblia. Nabucodonosor II conquistó Judá en 586 a.C., destruyó el Templo de Salomón y deportó a la élite hebrea — el «cautiverio de Babilonia» que duró hasta el decreto de Ciro en 539. El relato de la Torre de Babel en el Génesis se inspira en el zigurat Etemenanki. En el Apocalipsis, Babilonia aparece como la «Gran Ramera», símbolo de poder terrenal corrompido. Esta triple presencia bíblica hizo que el nombre de Babilonia cobrara una enorme carga simbólica en la cultura occidental.
