Las Guerras del Peloponeso (431-404 a.C.) fueron el conflicto que destruyó la Edad de Oro griega. Atenas, la ciudad de Pericles, el Partenón, Fidias y Sócrates, salió de la guerra derrotada, hambrienta, sin flota y bajo una oligarquía proespartana. Esparta venció pero quedó tan exhausta que en una generación perdió su hegemonía a manos de Tebas. Y todo el mundo griego —el centro intelectual del Mediterráneo— quedó tan debilitado que no pudo resistir, ni 70 años después, la conquista macedonia de Filipo II en Queronea (338 a.C.). El historiador Tucídides, contemporáneo de los hechos, escribió la primera obra de historiografía científica de la humanidad para explicar este desastre, y su diagnóstico —»el ascenso de Atenas y el miedo que esto inspiró en Esparta»— sigue citándose 2.500 años después como la «trampa de Tucídides» en los análisis geopolíticos contemporáneos.

La guerra opuso dos modelos de civilización griega. Atenas dominaba el mar con una flota de 300 trirremes y un imperio (la Liga de Delos) que extraía tributo de 200 ciudades del Egeo. Su sociedad era abierta, comerciante, democrática (para los varones libres) e intelectualmente vibrante. Esparta dominaba la tierra con una infantería hoplita imbatible y un sistema rígido de educación militar (agogé). Su sociedad era cerrada, austera, oligárquica y sostenida por el trabajo forzado de los hilotas. Cada modelo necesitaba al otro como adversario para definirse, y cada uno temía la victoria total del otro: Atenas pensaba que un Peloponeso unificado bajo Esparta sería sojuzgado por la fuerza; Esparta pensaba que un Egeo unificado bajo Atenas significaría el fin del mundo dorio. Las dos ciudades libraron 27 años de guerra sin que ningún bando consiguiera realmente lo que temía perder.
Causas: el ascenso ateniense y el miedo espartano
Las causas inmediatas se reducen a tres incidentes registrados por Tucídides: el conflicto de Atenas con Corcira contra Corinto (435 a.C.), el sitio de Potidea (432 a.C.), y el Decreto de Megara que cerró los puertos atenienses al comercio megariense. Pero Tucídides mismo insiste en que estos eran pretextos: la causa real era estructural. Tras las Guerras Médicas (490-479 a.C.) Atenas había construido la Liga de Delos como alianza defensiva contra Persia, pero la había convertido en imperio: 200 ciudades aliadas pagaban tributo, no podían acuñar moneda, no podían tener flota propia, y los disidentes —Naxos en 471, Tasos en 463, Samos en 440— eran sometidos militarmente. Esparta, líder de la Liga del Peloponeso, percibió correctamente que el equilibrio bipolar del mundo griego se inclinaba peligrosamente.
Las Murallas Largas que Pericles construyó conectando Atenas con su puerto del Pireo (450-440 a.C.) cristalizaron el conflicto. La estrategia ateniense era simple: con las Murallas Largas, una ciudad-estado terrestre podía ignorar al ejército terrestre más poderoso de Grecia. Mientras la flota controlara el mar y trajera grano de Crimea y Egipto, Atenas era invulnerable. Esparta no podía permitir que esa fórmula funcionara. La asamblea espartana decidió la guerra en 432 a.C. con la frase del rey Arquidamo: «esta guerra durará más de lo que pensamos y se la dejaremos a nuestros hijos». Tenía razón.
Fase 1: la Guerra Arquidámica (431-421 a.C.)
La primera fase fue una guerra de desgaste asimétrica. Cada verano el ejército espartano —20.000 hoplitas— invadía el Ática, devastaba los olivares, saqueaba aldeas y se retiraba antes del otoño. Los atenienses, siguiendo la estrategia de Pericles, se refugiaban dentro de las Murallas Largas y dejaban que Esparta destruyera el campo. Mientras tanto, la flota ateniense atacaba las costas del Peloponeso, sostenía el comercio y bombardeaba los puntos vulnerables del enemigo. Atenas perdía olivares —que tardan veinte años en recuperarse— pero ganaba en otros frentes.
El plan funcionaba hasta que llegó la peste. En 430 a.C. una epidemia —probablemente fiebre tifoidea, aunque algunos autores apuntan a viruela hemorrágica— estalló en el Pireo y se propagó por la ciudad amurallada superpoblada. Murió un cuarto de la población ateniense en tres oleadas (430-426 a.C.), incluyendo al propio Pericles en 429. Tucídides, que se infectó pero sobrevivió, dejó la descripción más terrible de la antigüedad: cuerpos amontonados en las calles, ritos fúnebres abandonados, derrumbe del orden moral, sacerdotes muriendo en los templos donde imploraban a los dioses. La peste cambió Atenas para siempre. Tras la muerte de Pericles, líderes demagógicos como Cleón aplicaron una política más agresiva. La fase terminó con la Paz de Nicias (421 a.C.), que se firmó por agotamiento mutuo y duró apenas seis años.
Fase 2: la expedición a Sicilia (415-413 a.C.)
El error fatal de Atenas fue la expedición a Sicilia. En 415 a.C., a instancias del joven y ambicioso Alcibíades, la asamblea ateniense votó enviar 134 trirremes y 6.500 hombres a conquistar Siracusa. La justificación era ayudar a Egesta contra Selinunte, pero el verdadero objetivo era abrir un segundo frente económico contra el Peloponeso conquistando la rica Sicilia. Tucídides describe el optimismo desbordante con que zarpó la flota: «nunca antes una flota más espléndida ni más cara había salido de un puerto griego«.
El desastre fue absoluto. Alcibíades fue acusado de mutilar las hermes (estatuas religiosas en Atenas) la noche antes de zarpar y, llamado de vuelta, desertó al bando espartano —donde aconsejó al ejército enemigo durante años. La expedición quedó al mando de Nicias, hombre cauteloso pero irresoluto y físicamente enfermo. El sitio de Siracusa se prolongó dos años. Los espartanos enviaron al general Gilipo, que organizó la resistencia siciliana. La flota ateniense quedó atrapada en el puerto cerrado de Siracusa, intentó escapar por tierra y fue masacrada en el río Asinaro. De 40.000 hombres apenas regresaron 7.000, vendidos como esclavos en las canteras de Siracusa. Atenas perdió su flota, su tesoro, sus mejores generales y la mitad de su ejército profesional en una sola operación.
Fase 3: la Guerra Decélica (413-404 a.C.)
Tras Sicilia, Esparta cambió de estrategia. En lugar de invasiones estacionales del Ática, fortificó Decelea, en territorio ático mismo, como base permanente. Desde Decelea las tropas espartanas hostigaban a Atenas todo el año, bloqueaban las minas de plata de Laurión y acogían a los miles de esclavos atenienses que desertaban. Atenas perdió su principal fuente de ingresos —la plata— y dependía cada vez más del tributo precario de los aliados, varios de los cuales se rebelaron aprovechando la debilidad. Quíos, Mileto, Lesbos y, decisivamente, las islas del Helesponto se sumaron a Esparta o intentaron neutralidad.
El cambio decisivo fue la entrada de Persia en la guerra. El sátrapa Tisafernes y, sobre todo, el príncipe Ciro el Joven financiaron la construcción de una flota espartana —algo impensable décadas antes— al mando del general Lisandro. La guerra naval se trasladó al Helesponto, por donde pasaba el grano del Mar Negro hacia Atenas. Lisandro derrotó a la flota ateniense en Egospotamos (405 a.C.), capturando o destruyendo 170 trirremes en una sola batalla. Atenas, sin grano, fue sitiada por hambre durante el invierno 405-404 a.C. Cuando la asamblea espartana debatió qué hacer con la ciudad vencida, los corintios y tebanos exigieron destruirla por completo y vender a sus habitantes como esclavos —la suerte que Atenas había aplicado a Melos en 416—. Los espartanos rechazaron la propuesta, recordando el papel de Atenas en las Guerras Médicas, y se contentaron con derribar las Murallas Largas, disolver el imperio ateniense y entregar la flota.
Tucídides y la primera historiografía científica
El historiador Tucídides (c. 460-400 a.C.), general ateniense exiliado tras un fracaso militar en 424 a.C., dedicó los siguientes 20 años a escribir la Historia de la Guerra del Peloponeso. Su obra rompía radicalmente con Heródoto: rechazaba los oráculos, los milagros y la intervención divina como causas históricas; insistía en testigos oculares y verificación cruzada; analizaba motivaciones psicológicas y económicas con precisión clínica; y formulaba su trabajo como «posesión para siempre» más que como entretenimiento. Sus discursos reconstruidos —el discurso fúnebre de Pericles, el debate de Mitilene, el diálogo de Melos— son síntesis brillantes de los argumentos políticos de la época y han influido a Maquiavelo, Hobbes y la teoría política moderna.
Su análisis estructural de la guerra —la «trampa de Tucídides» en la formulación contemporánea de Graham Allison— sigue siendo el modelo dominante para entender los conflictos hegemónicos: cuando una potencia ascendente desafía a una potencia establecida, la guerra es probable. Tucídides no terminó su obra: muere súbitamente en el año 411 a.C. y los hechos hasta el final de la guerra fueron narrados por Jenofonte en sus Helénicas. Pero su contribución duraría: dos milenios y medio después, los analistas de geopolítica EE.UU.-China citan al ateniense exiliado como autoridad para diagnosticar el conflicto del siglo XXI.
Tabla de los hitos de la Guerra del Peloponeso
| Año | Hito | Consecuencia |
|---|---|---|
| 431 a.C. | Tebas ataca Platea | Inicio formal de la guerra |
| 430-426 a.C. | Peste de Atenas | Muere Pericles; cae 25% de la población |
| 425 a.C. | Esfacteria | Cleón captura 292 espartanos vivos —shock psicológico— |
| 421 a.C. | Paz de Nicias | Tregua frágil de seis años |
| 415-413 a.C. | Expedición a Sicilia | Catástrofe; Atenas pierde flota y ejército |
| 413 a.C. | Esparta fortifica Decelea | Bloqueo permanente del Ática; deserción esclavos |
| 411 a.C. | Oligarquía de los Cuatrocientos | Golpe oligárquico breve en Atenas |
| 405 a.C. | Egospotamos | Lisandro destruye la flota ateniense |
| 404 a.C. | Rendición de Atenas | Murallas demolidas, imperio disuelto |
| 404-403 a.C. | Treinta Tiranos | Régimen oligárquico breve apoyado por Esparta |
Preguntas frecuentes sobre la Guerra del Peloponeso
¿Por qué empezó realmente la Guerra del Peloponeso?
Tucídides identifica tres incidentes inmediatos —Corcira, Potidea, Decreto de Megara— pero insiste en que la causa real era estructural: el ascenso del imperio ateniense tras las Guerras Médicas alarmó a Esparta, que percibió un desequilibrio existencial del mundo griego. Esta es la formulación clásica que la geopolítica contemporánea llama «trampa de Tucídides»: cuando una potencia ascendente desafía a una establecida, la guerra resulta probable. Las Murallas Largas —que conectaban Atenas con su puerto del Pireo y la hacían invulnerable a la invasión terrestre— fueron el detonante simbólico: con esa fórmula, una ciudad-estado terrestre podía ignorar al mejor ejército de Grecia mientras controlara el mar. Esparta no podía permitirlo.
¿Qué papel jugó la peste de Atenas?
Decisivo. La peste estalló en 430 a.C. en el Pireo y arrasó la ciudad amurallada superpoblada por la estrategia defensiva de Pericles. Tucídides describe tres oleadas (430, 429-428, 427-426) que mataron al menos a un cuarto de la población ateniense, incluyendo al propio Pericles. La identificación moderna apunta a una fiebre tifoidea o variante hemorrágica de viruela, aunque sin evidencia ADN definitiva. Las consecuencias fueron militares (pérdida de mano de obra hoplita), políticas (ascenso de demagogos como Cleón en lugar de líderes aristocráticos como Pericles), psicológicas (descrédito de los dioses olímpicos, abandono de ritos fúnebres) y demográficas (Atenas no recuperó su población hasta el siglo IV). Probablemente cambió el curso de la guerra.
¿Por qué la expedición a Sicilia fue un desastre?
Por sobreestimación masiva del propio poder ateniense y subestimación del enemigo. Atenas envió 134 trirremes y 6.500 hombres en 415 a.C. confiando en una victoria rápida sobre Siracusa, pero la ciudad siciliana era casi tan grande como Atenas, sus murallas eran formidables, y los espartanos enviaron al general Gilipo para organizar la defensa. La traición de Alcibíades —acusado de impiedad por mutilar las hermes y desertor al bando espartano— privó a Atenas del único general capaz de dirigir la operación. Nicias, su sustituto, era cauteloso pero indeciso y físicamente enfermo. La operación se prolongó dos años, terminó en cerco de la flota y masacre del ejército en el río Asinaro. De 40.000 hombres regresaron menos de 7.000, vendidos como esclavos. Atenas perdió la flota, el tesoro, los mejores generales y la mitad de su ejército profesional.
¿Cómo influyó Persia en la guerra?
De forma decisiva en la fase final. Tras la derrota de Sicilia (413), Persia vio la oportunidad de revertir las pérdidas territoriales que había sufrido a manos ateniense desde las Guerras Médicas. El sátrapa Tisafernes y luego el príncipe Ciro el Joven financiaron generosamente la construcción de la flota espartana al mando de Lisandro —subsidios que llegaron a 5 talentos diarios para el sueldo de los remeros—. Esto permitió a Esparta competir en el mar, donde antes no podía. La flota financiada por oro persa derrotó a Atenas en Egospotamos (405), bloqueó el grano del Mar Negro y forzó la rendición. La paradoja fue que Esparta —ciudad que había liderado la resistencia contra Persia en Termópilas— ganó la Guerra del Peloponeso con dinero persa, y a cambio cedió a Persia las ciudades griegas de Asia Menor.
¿Quién ganó realmente la Guerra del Peloponeso?
Esparta ganó la guerra técnicamente, pero ningún bando ganó realmente. Esparta quedó tan exhausta que en menos de 30 años perdió la hegemonía a manos de Tebas en Leuctra (371 a.C.) y se redujo a una potencia regional menor. Atenas se rindió pero conservó su población, recuperó su flota parcialmente bajo Conón en 394 a.C. y mantuvo su prestigio cultural —de hecho, el siglo IV ateniense fue el siglo de Platón, Aristóteles, Demóstenes—. Persia se hizo con el control efectivo de Asia Menor griega. Pero el verdadero ganador a largo plazo fue Macedonia: tres generaciones después de Egospotamos, Filipo II conquistó toda Grecia en Queronea (338 a.C.) precisamente porque las ciudades griegas habían quedado demasiado debilitadas por sus guerras intestinas. La guerra terminó con el «siglo de Pericles» y abrió el camino al helenismo.
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