Ciro II el Grande (c. 600-530 a.C.) es el conquistador más atípico de la historia antigua: un rey que construyó el mayor imperio que el mundo había visto hasta entonces y lo hizo no solo por la fuerza de las armas sino por una política de tolerancia religiosa, respeto a las culturas locales y clemencia con los vencidos que no tiene paralelo en la Antigüedad. Liberó a los judíos de su cautividad en Babilonia, fundó un imperio que se extendía desde Grecia hasta la India, y dejó una declaración de principios que las Naciones Unidas reconocen como la primera carta de derechos humanos de la historia.

De rey tribal a señor de Asia
Ciro nació como heredero de una dinastía menor, los Aqueménidas, vasallos del poderoso Imperio Medo. Su abuelo Astiages era rey de los medos y, según Heródoto, tuvo un sueño profético en el que una vid crecía del vientre de su hija Mandane y cubría toda Asia. Alarmado, Astiages ordenó matar al niño, pero el oficial encargado de la ejecución lo entregó en secreto a un pastor. La historia tiene un parecido innegable con los relatos de Moisés, Rómulo y Sargón de Acad, lo que sugiere un patrón literario del «héroe expósito» más que un hecho histórico.
Lo que sí es histórico es la rapidez con la que Ciro transformó el orden geopolítico del mundo antiguo. En 550 a.C. se rebeló contra Astiages y conquistó el Imperio Medo. En 547 derrotó a Creso de Lidia (el rey proverbialmente rico cuya moneda, el cresieda, fue la primera acuñada en oro puro). En 539 conquistó Babilonia, la ciudad más grande y rica del mundo, sin apenas combate. En menos de once años, un rey tribal de los montes Zagros se había convertido en el soberano de un imperio que se extendía desde el Egeo hasta el Hindu Kush.
La conquista de Babilonia y la liberación de los judíos
La conquista de Babilonia en octubre de 539 a.C. es uno de los eventos mejor documentados del mundo antiguo. La Crónica de Nabónido (un texto babilónico) relata que el ejército persa desvió el curso del Éufrates para entrar por el lecho seco del río bajo las murallas de la ciudad, un episodio que Heródoto también describe. Nabónido, el último rey babilonio, fue capturado sin resistencia. Ciro entró en la ciudad como liberador, no como conquistador: respetó los templos, restauró los cultos y devolvió las estatuas de los dioses que Nabónido había concentrado en Babilonia.
El acto más trascendente de Ciro en Babilonia fue la liberación de los pueblos deportados por los reyes babilonios, entre ellos los judíos, exiliados desde la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor en 586 a.C. El Libro de Esdras (1:1-4) recoge el edicto de Ciro permitiendo a los judíos regresar a Judea y reconstruir el Templo de Jerusalén. Por este acto, la Biblia hebrea honra a Ciro como Mesías (Isaías 45:1), el único gentil en recibir este título en toda la tradición judeocristiana.
El Cilindro de Ciro: ¿la primera carta de derechos humanos?
El Cilindro de Ciro es un cilindro de arcilla inscrito en acadio cuneiforme, descubierto en 1879 en las ruinas del templo de Marduk en Babilonia. El texto, escrito en primera persona, proclama que Ciro restauró los santuarios, devolvió las poblaciones deportadas a sus hogares, respetó las costumbres locales y gobernó con justicia. En 1971, el sha de Irán Mohammad Reza Pahlavi presentó el cilindro ante las Naciones Unidas como «la primera carta de derechos humanos de la historia», una interpretación que los historiadores consideran anacrónica pero simbólicamente poderosa.
En realidad, el cilindro es un documento de propaganda real en la tradición mesopotámica, similar a las inscripciones de otros reyes que se presentaban como restauradores del orden divino. Sin embargo, lo excepcional del cilindro no es su formato sino su contenido: la tolerancia religiosa y el respeto a la diversidad cultural que proclama no eran mera retórica, sino la política real del imperio persa, confirmada por múltiples fuentes independientes.
Muerte y legado
Ciro murió en combate en 530 a.C. durante una campaña contra los masagetas, un pueblo nómada de Asia Central. Según Heródoto, la reina masageta Tomiris, cuyo hijo había sido capturado y se había suicidado en cautividad, derrotó a Ciro en batalla, encontró su cadáver y sumergió su cabeza en un odre lleno de sangre, diciéndole: «Te saciaré de sangre, como prometí». La veracidad del episodio es dudosa, pero la muerte en una frontera remota del imperio subraya un hecho real: Ciro pasó toda su vida en campaña y murió como había vivido, como soldado.
Su tumba en Pasargada, una estructura sobria de piedra caliza sobre un pedestal escalonado, lleva (según Estrabón) la inscripción: «Oh hombre, quienquiera que seas y de dondequiera que vengas, pues sé que vendrás: yo soy Ciro, el que dio a los persas su imperio. No me envidies este poco de tierra que cubre mi cuerpo.» Alejandro Magno visitó la tumba doscientos años después de la muerte de Ciro y, conmovido, ordenó restaurarla. Es un homenaje excepcional: el mayor conquistador del mundo antiguo honrando la memoria del fundador del imperio que acababa de destruir.
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Datos complementarios
Ciro era rey del pequeño estado persa de Anshan, vasallo del Imperio Medo, cuando inició su rebelión en 553 a.C. Tres años después había derrotado por completo al rey medo Astiages y unificado persas y medos bajo su mando, manteniendo a los nobles medos en puestos de poder en lugar de purgarlos — un patrón de respeto al vencido que marcaría toda su carrera.
