Guerras vikingas
El 8 de junio de 793 d.C., hombres con barcos de dragones atacaron el monasterio de Lindisfarne, en la costa noreste de Inglaterra. Saquearon las reliquias, mataron a algunos monjes y se llevaron a otros como esclavos. Los cronistas anglosajones lo describieron como un castigo divino. Para el resto de Europa fue el inicio de casi tres siglos de terror nórdico. Pero los vikingos no eran simplemente piratas: eran guerreros con una estrategia, una logística y una adaptabilidad extraordinarias que los convirtieron en la fuerza militar más temida de la Alta Edad Media.
Las incursiones (víkingr) eran solo una faceta de los pueblos escandinavos. Los mismos hombres que saqueaban iglesias en primavera comerciaban pieles en Bizancio en otoño y cultivaban sus granjas en invierno. La guerra y el comercio eran dos caras de la misma moneda nórdica.
Las grandes incursiones: de Lindisfarne a París
Tras Lindisfarne (793 d.C.), las incursiones se extendieron por toda Europa. Los vikingos remontaron el Sena y sitiaron París en 845 d.C. — el rey franco Carlos el Calvo pagó 7.000 libras de plata para que se marcharan, el mayor rescate de la historia medieval hasta entonces. En 911, el caudillo vikingo Rollón negoció con el rey franco la cesión de Normandía a cambio de defender la costa de otros vikingos. Sus descendientes normandos conquistarían Inglaterra en 1066 y el sur de Italia en el siglo XI.
La formación en escudo-muro: la táctica vikinga
Los vikingos combatían en escudo-muro (skjaldborg): una formación compacta donde los guerreros se colocaban hombro con hombro, escudos solapados, creando una pared casi impenetrable. Los guerreros de las primeras filas empujaban con sus escudos mientras golpeaban con hachas y espadas. La ruptura del escudo-muro significaba la derrota. Los famosos berserkers — guerreros que combatían en trance frenético — existían, pero no actuaban en las primeras filas: eran tropas de choque lanzadas una vez el escudo-muro enemigo estaba debilitado.
