«Ceterum censeo Carthaginem esse delendam» —«por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida»—. Con esta frase, repetida obsesivamente al final de cada discurso en el Senado romano durante años, el anciano Catón el Viejo resumía el objetivo político que llevaría a la Tercera Guerra Púnica y a la destrucción total de la ciudad fenicia más poderosa del Mediterráneo occidental. Entre 149 y 146 a.C., las legiones romanas asediaron Cartago durante tres años, hasta reducirla a cenizas en una operación deliberadamente diseñada para borrar del mapa a un rival al que Roma había derrotado militarmente dos veces pero cuyo potencial económico seguía considerando amenazante. La Tercera Guerra Púnica no fue un conflicto entre potencias comparables: fue un aniquilamiento calculado.

Cartago tras la Segunda Guerra Púnica
Tras la derrota de Aníbal en Zama (202 a.C.), Cartago perdió Hispania, redujo su flota a diez naves, pagó una enorme indemnización a Roma y se comprometió a no hacer guerra sin permiso romano. Sin embargo, privada de su dimensión militar, Cartago resurgió rápidamente como potencia comercial. En apenas una generación, la ciudad recuperó su prosperidad: los historiadores modernos calculan que en el 151 a.C. Cartago era la ciudad más rica del Mediterráneo occidental, más próspera incluso que antes de la Segunda Guerra Púnica. Había pagado la totalidad de la indemnización de 10.000 talentos —50 cuotas anuales— una década antes del plazo, y seguía dominando el comercio de oro, plata, cerámica, textiles y productos agrícolas. Esta recuperación asustó a una facción del Senado romano liderada por Catón el Viejo, que consideraba que la Cartago próspera era más peligrosa que la Cartago militarmente poderosa.
Catón y el «delenda est Carthago»
Marco Porcio Catón, apodado el Censor, había participado en la Segunda Guerra Púnica como joven oficial y nunca olvidó la experiencia. Enviado en una embajada a Cartago en 153 a.C. para mediar en un conflicto fronterizo con los númidas, quedó impresionado por la prosperidad de la ciudad. A su regreso a Roma, comenzó a terminar todos sus discursos en el Senado con la frase: «por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida». La obsesión de Catón se convirtió en una postura política cada vez más extendida. Según la tradición, un día mostró en el Senado higos frescos que había traído de Cartago y dijo: «Estos higos fueron recogidos hace tres días en Cartago: así de cerca tenemos al enemigo». La escena —probablemente apócrifa— simboliza el miedo visceral que la Cartago comercial despertaba en el establishment romano. En 149 a.C., cuando los cartagineses atacaron al rey númida Masinisa (aliado romano) para defenderse, Roma encontró el pretexto casus belli que esperaba.
El pretexto: las exigencias imposibles de Roma
Al enterarse de la guerra cartaginés-númida, Roma declaró la guerra a Cartago en 149 a.C. alegando que se había violado el tratado del 201 a.C. La ciudad envió embajada tras embajada ofreciendo rendición incondicional. Roma aceptó la rendición y exigió primero 300 rehenes de las familias nobles cartaginesas (fueron entregados), luego el armamento completo (también entregado: 200.000 piezas), y finalmente —cuando Cartago ya estaba desarmada e indefensa—, exigió que los habitantes abandonaran la ciudad y se trasladaran al menos 15 kilómetros hacia el interior, lejos del mar. Era una demanda calculada para ser imposible: Cartago era una ciudad comercial, su supervivencia dependía del acceso al mar, y la dispersión forzada equivalía al fin de su identidad. Los cartagineses, comprendiendo que se trataba de una trampa, se negaron. Y con eso comenzó oficialmente el último acto de la historia de Cartago.
El asedio: tres años de resistencia desesperada
El asedio de Cartago duró tres años (149-146 a.C.). La ciudad, a pesar de haber entregado sus armas, organizó una resistencia desesperada: fundió los metales preciosos para fabricar armamento improvisado, las mujeres donaron sus cabellos para hacer cuerdas de catapultas, los ancianos formaron falanges con equipamiento rudimentario. Las murallas de Cartago eran legendarias —triple anillo defensivo con sistemas subterráneos para elefantes, caballos y suministros—, y durante dos años las legiones romanas fueron incapaces de penetrarlas. Los generales romanos sucesivos, Manio Manilio y Lucio Marcio Censorino, fracasaron uno tras otro. La situación cambió en 147 a.C., cuando el Senado nombró al joven Publio Cornelio Escipión Emiliano —nieto adoptivo de Escipión el Africano— como cónsul extraordinario. Escipión Emiliano reorganizó el asedio, construyó un gran mole para bloquear el puerto, ejecutó un estricto bloqueo naval y sofocó la resistencia cartaginesa punto por punto.
El asalto final y las seis jornadas de batalla urbana
En la primavera del 146 a.C., tras casi tres años de asedio, Escipión lanzó el asalto final. Los romanos entraron en la ciudad pero los cartagineses no se rindieron: la batalla continuó calle por calle, casa por casa, en lo que pudo ser el primer gran combate urbano documentado de la historia militar. Durante seis días y seis noches, las legiones romanas lucharon por tomar cada edificio de Cartago. Los cartagineses incendiaban sus propias casas para no rendirlas, arrojaban tejas y muebles desde las azoteas, combatían con cuchillos de cocina cuando se quedaban sin armas. El historiador Apiano describe escenas escalofriantes: casas incendiadas con familias dentro, calles cubiertas de muertos, muros derrumbados sobre columnas de prisioneros. Cuando el general cartaginés Asdrúbal finalmente se rindió, su esposa —sin nombre en las fuentes— subió al templo en llamas con sus hijos y se arrojó al fuego con ellos, gritando maldiciones contra su marido cobarde.

La destrucción y el mito de la sal
Tras la rendición, Escipión Emiliano ordenó la destrucción sistemática de la ciudad. Cartago fue incendiada hasta los cimientos —el incendio duró 17 días—. Los 50.000 supervivientes de sus 500.000 habitantes originales fueron vendidos como esclavos. La ciudad fue declarada ager publicus (terreno público romano) y se prohibió su reconstrucción bajo pena de muerte. Una leyenda posterior —probablemente inventada en el siglo XIX— afirma que los romanos sembraron sal en las tierras para que no volviera a crecer nada; las fuentes antiguas no mencionan este detalle, pero la imagen se ha vuelto icónica de la destrucción total. Al contemplar las ruinas ardiendo, Escipión Emiliano supuestamente recitó dos versos de la Ilíada profetizando la eventual caída de Roma: «Llegará un día en que perezca la sagrada Troya, perezca Príamo y el pueblo de Príamo guerrero». Según Polibio, que estaba presente, Escipión estaba pensando en que todos los imperios —incluso el romano— eventualmente caen.
Curiosidades
- La frase de Catón «Cartago debe ser destruida» (Carthago delenda est) no aparece textualmente en las fuentes antiguas en esa forma: es una reconstrucción moderna. Lo que sí aparece es que Catón terminaba sus discursos con la idea, sin importar el tema original.
- Escipión Emiliano, el destructor de Cartago, era el nieto adoptivo de Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal en Zama. La saga de los Escipiones completó así el círculo histórico de las Guerras Púnicas.
- La leyenda de que los romanos sembraron sal en los campos de Cartago es un mito moderno: ninguna fuente antigua la menciona. Probablemente se inventó en el siglo XIX basándose en una referencia bíblica (Shaquem) y se extendió como imagen popular.
- Durante el asedio, las mujeres cartaginesas donaron su cabello para fabricar cuerdas de catapulta. Este tipo de cuerda se consideraba el más resistente disponible y era clave para las máquinas de asedio defensivas.
- Cien años después de la destrucción, Julio César fundó una nueva Cartago romana en el mismo sitio (44 a.C.), que se convirtió rápidamente en una de las ciudades más prósperas del Imperio Romano y la segunda capital del África romana.
Preguntas frecuentes
¿Qué fue la Tercera Guerra Púnica?
Fue el último conflicto entre Roma y Cartago (149-146 a.C.), librado por iniciativa romana con el objetivo explícito de destruir definitivamente a la ciudad rival. Terminó con el asedio y destrucción total de Cartago y el final del estado cartaginés como entidad política independiente.
¿Por qué Roma destruyó Cartago si ya la había derrotado?
Porque Cartago, tras la Segunda Guerra Púnica, se había recuperado económicamente y volvía a ser la ciudad más rica del Mediterráneo occidental. Una facción del Senado romano, liderada por Catón el Viejo, consideraba que esta prosperidad era una amenaza estratégica a largo plazo que debía eliminarse.
¿Quién fue Catón el Viejo y qué decía sobre Cartago?
Marco Porcio Catón era un senador romano que terminaba todos sus discursos en el Senado con la frase «Carthago delenda est» (Cartago debe ser destruida), independientemente del tema del debate. Su obsesión fue un factor político clave en la decisión de iniciar la Tercera Guerra Púnica.
¿Cuánto duró el asedio de Cartago?
Tres años (149-146 a.C.). Durante los dos primeros, los generales romanos fracasaron frente a las poderosas defensas cartaginesas. En 147 a.C. el joven Publio Cornelio Escipión Emiliano tomó el mando, reorganizó el asedio y finalmente logró penetrar en la ciudad en 146 a.C.
¿Qué pasó con Cartago tras su destrucción?
La ciudad fue incendiada durante 17 días, sus habitantes masacrados o esclavizados (unos 50.000 supervivientes vendidos como esclavos), y el territorio declarado ager publicus romano con prohibición de reconstrucción. Un siglo después, Julio César fundó una nueva Cartago romana sobre las ruinas.
