Stonehenge y los megalitos: herencia previa a los celtas

Pocos monumentos del mundo antiguo generan tanta fascinación como Stonehenge, el círculo de piedras que se alza en la llanura de Salisbury, al sur de Inglaterra. Durante siglos se atribuyó su construcción a los druidas celtas, una idea popularizada por el anticuario John Aubrey en el siglo XVII y perpetuada por la cultura popular hasta hoy. Sin embargo, la arqueología moderna ha demostrado que Stonehenge es mucho más antiguo que los celtas: su construcción comenzó hacia 3000 a.C., unos dos mil años antes de que la cultura celta se formase en Europa central. Stonehenge pertenece a la tradición megalítica neolítica, aunque los celtas probablemente lo reutilizaron como espacio ceremonial.

Stonehenge Pintura Constable
Stonehenge Pintura Constable

Las fases de construcción de Stonehenge

Stonehenge no se levantó de una sola vez. Los arqueólogos distinguen al menos tres fases principales. La primera (c. 3000 a.C.) consistió en la excavación de un foso circular de 110 metros de diámetro con un terraplén interior y 56 fosas conocidas como «agujeros de Aubrey», que probablemente albergaban postes de madera o piedras pequeñas. Se han hallado restos de cremaciones humanas en estos agujeros, lo que sugiere que Stonehenge fue inicialmente un cementerio ritual.

La segunda fase (c. 2500 a.C.) marcó la llegada de las piedras azules (bluestones), bloques de dolerita, riolita y toba volcánica de entre 2 y 5 toneladas procedentes de las colinas de Preseli, en Gales, a 240 kilómetros de distancia. El transporte de unas 80 piedras a semejante distancia en el Neolítico —por combinación de trineos, rodillos, balsas y tracción humana— constituye una hazaña logística extraordinaria. Investigaciones recientes de la Universidad de Aberystwyth (2019) han identificado el origen exacto de algunas piedras en los afloramientos de Carn Goedog y Craig Rhos-y-felin.

La tercera fase (c. 2500-2200 a.C.) es la más espectacular: la erección de los sarsens, bloques de arenisca silícea de hasta 25 toneladas extraídos de Marlborough Downs, a 30 kilómetros al norte. Treinta sarsens forman el círculo exterior, coronados por dinteles horizontales unidos mediante juntas de espiga y mortaja —una técnica propia de la carpintería, no de la cantería—. Cinco trilitos (pares de piedras verticales con dintel) componen la herradura interior, cuyo eje apunta directamente al punto de salida del sol en el solsticio de verano.

Alineación astronómica y función ceremonial

La orientación de Stonehenge hacia el solsticio de verano (21 de junio) es incontestable. Al amanecer de ese día, el sol sale exactamente sobre la Piedra del Talón (Heel Stone), proyectando su luz a lo largo del eje central del monumento. La alineación opuesta, hacia la puesta de sol del solsticio de invierno (21 de diciembre), es igualmente precisa y, según algunos investigadores como Mike Parker Pearson, podría haber sido la orientación principal: el solsticio de invierno, que marca el renacimiento del sol, tendría más sentido ritual en un monumento funerario.

La función exacta de Stonehenge sigue debatida. Las hipótesis incluyen: observatorio astronómico, templo solar, centro de sanación (las piedras azules galesas tenían fama de propiedades curativas), lugar de peregrinación para las comunidades neolíticas de la región, y monumento de unificación territorial que vinculaba simbólicamente el este de Inglaterra con Gales. Probablemente cumplía varias funciones simultáneamente, como la mayoría de los centros ceremoniales de las sociedades antiguas.

Los celtas y Stonehenge: reutilización y druidas

Cuando las tribus celtas se asentaron en las islas británicas durante la Edad del Hierro (a partir del siglo VIII a.C. aproximadamente), Stonehenge ya tenía dos mil años de antigüedad. No existen pruebas arqueológicas de que los celtas modificaran la estructura, pero sí evidencias de actividad en el entorno: ofrendas votivas, cerámicas de la Edad del Hierro y restos óseos en las inmediaciones sugieren que el monumento conservó un significado sagrado.

La asociación entre Stonehenge y los druidas es una invención moderna. Los druidas —la casta sacerdotal, judicial e intelectual de los celtas— celebraban sus rituales en bosques sagrados (nemeton), no en construcciones de piedra. Ninguna fuente clásica (César, Estrabón, Plinio, Diodoro) menciona Stonehenge en relación con los druidas. Fue Geoffrey de Monmouth en el siglo XII quien atribuyó el monumento a Merlín, y John Aubrey en 1649 quien lo vinculó a los druidas, una teoría que William Stukeley popularizó en 1740.

Los megalitos en contexto europeo

Stonehenge es el monumento megalítico más famoso, pero no es único. La tradición megalítica europea produjo miles de construcciones entre el 5000 y el 2000 a.C.: los dólmenes de corredor de Irlanda (Newgrange, c. 3200 a.C., con su cámara iluminada por el sol del solsticio de invierno), los alineamientos de Carnac en Bretaña (casi 3.000 menhires), los taulas y talayots de Menorca, los templos de Ggantija en Malta (c. 3600 a.C., más antiguos que las pirámides de Giza) y los círculos de piedra de Escandinavia.

Estos monumentos no fueron obra de una sola cultura, sino de múltiples sociedades neolíticas que compartían una cosmovisión en la que la piedra, el sol, la luna y los ancestros formaban un sistema simbólico integrado. Los celtas heredaron este paisaje sagrado y lo incorporaron a su propia espiritualidad, pero no lo crearon. Comprender esta distinción es esencial para apreciar tanto la profundidad temporal de la prehistoria europea como la riqueza de la cultura celta en su contexto real.