En 1773, un cura criollo llamado Ramón de Ordóñez y Aguiar escuchó en el mercado de Ciudad Real —la actual San Cristóbal de las Casas— un rumor que le cambió la vida: unos indios de la aldea tzeltal de Santo Domingo del Palenque decían haber visto entre la selva «casas de piedra» abandonadas. Ordóñez encabezó una expedición y se topó con un conjunto de templos cubiertos de musgo, colapsados en parte por las raíces de las ceibas, rodeados de altorrelieves con figuras humanas extrañas y escritura jeroglífica incomprensible. Aquel era el principio de la redescubrimiento occidental de Palenque, la ciudad maya del rey K’inich Janaab Pakal, una de las capitales más refinadas y mejor documentadas epigráficamente del Mesoamérica clásico.

Palenque no tiene la escala gigantesca de Tikal ni las colosales cabezas de Copán, pero posee algo que ningún otro sitio maya ofrece con la misma intensidad: una combinación única de arquitectura elegante, bajorrelieves de fineza insuperable y una colección de textos jeroglíficos tan amplia que permite reconstruir la cronología dinástica del siglo V al VIII d.C. con un detalle que ningún otro yacimiento maya iguala.
Lakamha’, la ciudad de las grandes aguas
Los mayas no la llamaban Palenque: le decían Lakamha’, «agua grande» o «aguas extensas», por los cinco arroyos que bajan desde las sierras de Chiapas y cruzan el sitio. El nombre moderno viene del pueblo español cercano fundado en el siglo XVI («palenque» significa «empalizada» en castellano). Estratégicamente, Lakamha’ se encuentra en un contrafuerte intermedio entre las tierras bajas mayas y la llanura aluvial del Usumacinta, a una altitud suficiente para escapar del calor pero cerca del agua y de las rutas comerciales.
Los primeros restos arqueológicos datan de hacia 226 a.C., pero el esplendor de Palenque se concentra entre los años 600 y 800 d.C., durante el Clásico Tardío. Su dinastía, documentada epigráficamente, cuenta con al menos 19 reyes conocidos. El fundador mítico sería un tal K’uk’ Bahlam I en 431 d.C. La ciudad alcanzó su apogeo bajo K’inich Janaab Pakal el Grande (615-683 d.C.), que reinó 68 años —uno de los reinados más largos documentados en toda América precolombina— y bajo su hijo K’inich Kan Bahlam II (684-702 d.C.).
El Templo de las Inscripciones y la tumba de Pakal
El edificio más célebre de Palenque es el Templo de las Inscripciones, una pirámide escalonada de nueve cuerpos rematada por un santuario cuya fachada conserva tres grandes paneles de escritura jeroglífica —617 glifos en total, uno de los textos mayas más extensos conocidos—. La pirámide fue mandada construir por el propio Pakal como su propio mausoleo, algo excepcional en Mesoamérica: aquí los templos raramente funcionaban como tumbas.

El 13 de junio de 1952, el arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier descubrió, tras cuatro años de retirar los rellenos de una escalera cegada en el interior del templo, una cámara funeraria intacta a casi 25 metros de profundidad bajo la base de la pirámide. Dentro estaba el sarcófago de piedra de Pakal, con su cuerpo adornado por una máscara mortuoria de jade de 340 piezas, collares, pectorales y un cetro. La tapa del sarcófago —5 metros por 2,20— está cubierta por un altorrelieve que muestra al rey cayendo a la boca del inframundo representado como un monstruo reptiliano. Ese panel se hizo mundialmente famoso en los años 70 cuando el pseudohistoriador Erich von Däniken afirmó que representaba a un astronauta en su cápsula: la interpretación correcta, epigráficamente clara, es el viaje iniciático del rey muerto hacia el más allá.
El Palacio: la residencia de Pakal y la torre observatorio
El Palacio es un conjunto palacial complejo construido a lo largo de más de un siglo sobre una plataforma artificial de unos 100 por 80 metros en el centro del sitio. Incluye patios interiores, galerías abovedadas, baños de vapor y tronos tallados. La pieza más llamativa es la torre, única en su tipo en la arquitectura maya conocida: cuatro cuerpos cuadrados escalonados con escalera interior, probablemente usada como observatorio astronómico para seguir los tránsitos de Venus sobre la sierra vecina. Las galerías del Palacio exhiben algunos de los mejores relieves mayas en estuco: retratos ceremoniales, prisioneros maniatados, inscripciones de dedicación.
El Grupo de las Cruces: el programa teológico de Kan Bahlam
Cuando Pakal murió en 683 d.C., su hijo Kan Bahlam II emprendió un programa constructivo extraordinario: el Grupo de las Cruces, tres pirámides cercanas (Templo de la Cruz, Templo de la Cruz Foliada y Templo del Sol) levantadas alrededor de 692 d.C. Cada una contenía un santuario con un panel escultórico interior que representa al propio Kan Bahlam recibiendo el poder de una deidad patronal —GI, GII y GIII de la tríada de Palenque, como los designan los epigrafistas modernos—. Los paneles, leídos en conjunto, narran una historia cósmica que liga el origen mítico del universo (el «renacimiento» del Primer Padre maya en 3121 a.C.) con la legitimidad política del propio Kan Bahlam. Es el corpus teológico más articulado que se conserva de cualquier rey maya.
Los relieves de Palenque son técnicamente excepcionales. A diferencia de Copán, donde el altorrelieve es casi escultura exenta, o Yaxchilán, donde domina el bajorrelieve denso, Palenque trabaja un estuco afinado sobre piedra caliza blanda que permite figuras elegantes, telas ondulantes y rostros retratísticos. Los mayistas lo consideran el equivalente mesoamericano del «clasicismo ateniense».
El colapso y la redescubrimiento
A finales del siglo VIII, Palenque empieza a declinar. La última fecha calendárica conocida es del año 799 d.C., y hacia el 900 el sitio está efectivamente abandonado. Las causas del colapso general maya —sequías, sobrepoblación, guerras endémicas, agotamiento de suelos— afectaron a Palenque quizás con particular dureza, porque su sistema agrícola dependía de pendientes frágiles. La selva se tragó los edificios. Durante casi 900 años solo lo visitaron cazadores mayas chontales y lacandones, que dejaron ofrendas entre las ruinas sin saber qué eran.
El redescubrimiento europeo empezó con Ordóñez en 1773, continuó con el capitán Antonio del Río en 1787, cuyo informe ilustrado por Ricardo Almendáriz acabó publicándose en Londres en 1822 y causó sensación en la Europa romántica. Llegaron luego el artista Jean-Frédéric Waldeck (1832), el explorador John Lloyd Stephens con el dibujante Frederick Catherwood (1840) y, ya en el siglo XX, los arqueólogos mexicanos Alberto Ruz Lhuillier, Arnoldo González Cruz y, más recientemente, Edwin Barnhart, que con tecnología LiDAR ha mapeado más de 1.400 estructuras en la zona, la mayoría aún por excavar.
Legado: la ciudad maya más legible
Palenque fue declarado Parque Nacional en 1981 y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987. Está enclavado en una selva tropical protegida que alberga jaguares, tucanes y monos aulladores cuyos gritos siguen sonando entre los templos como probablemente sonaron en tiempos de Pakal. Es, junto con Chichén Itzá, el sitio arqueológico maya más visitado de México.
Pero su verdadera importancia está en los textos. La combinación de dinastía larga, reyes literatos y programa escultórico coherente ha convertido a Palenque en el laboratorio natural donde se desciframos la escritura maya a partir de los años 60, gracias a los trabajos pioneros de Tatiana Proskouriakoff, Heinrich Berlin, Linda Schele y David Stuart. Hoy la historia de Palenque puede contarse con fechas, nombres propios y acontecimientos políticos concretos, un lujo epigráfico que ningún otro sitio maya nos ofrece con tanto detalle.
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Preguntas frecuentes sobre Palenque
En el estado mexicano de Chiapas, al noreste, en una plataforma natural entre la selva tropical y la llanura aluvial del río Usumacinta. Desde el pueblo moderno de Palenque, fundado en el siglo XVI, se llega a la zona arqueológica en pocos kilómetros. El sitio forma parte de un Parque Nacional protegido desde 1981.
Lakamha’, que significa «agua grande» o «aguas extensas» en maya clásico, por los cinco arroyos que bajan desde la sierra y cruzan el sitio. El nombre moderno Palenque proviene del pueblo español cercano fundado en el siglo XVI; «palenque» significa «empalizada» en castellano.
Es una pirámide escalonada con un santuario cuyos muros muestran 617 glifos mayas, uno de los textos más extensos del mundo maya. En su interior, a 25 metros de profundidad, el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier descubrió en 1952 la tumba intacta del rey Pakal, con su sarcófago tallado y su máscara mortuoria de jade de 340 piezas.
K’inich Janaab Pakal, el rey más célebre de Palenque, reinó entre 615 y 683 d.C. durante 68 años. Fue responsable del esplendor arquitectónico de la ciudad y mandó construir el Templo de las Inscripciones como su propio mausoleo, algo excepcional en la tradición maya donde los templos no solían funcionar como tumbas.
Un conjunto de tres pirámides pequeñas —Templo de la Cruz, Templo de la Cruz Foliada y Templo del Sol— construidas hacia 692 d.C. por Kan Bahlam II, hijo de Pakal. Cada santuario contiene paneles escultóricos que ligan el origen mítico del universo maya con la legitimidad política del propio rey, formando el corpus teológico más articulado del mundo maya.
A finales del siglo VIII. La última fecha calendárica conocida es del año 799 d.C., y hacia el 900 el sitio está efectivamente deshabitado, víctima del colapso general de las ciudades mayas del Clásico. La selva lo cubrió durante casi 900 años hasta que el cura criollo Ramón de Ordóñez y Aguiar encabezó su redescubrimiento en 1773.
