Cuando en el 447 a.C. Pericles ordenó empezar la construcción del Partenón, no estaba inventando un edificio nuevo: estaba perfeccionando un lenguaje arquitectónico que los griegos llevaban dos siglos refinando. Ese lenguaje se basa en una serie de reglas de proporción y ornamento aplicadas a la columna y al entablamento, y hoy lo llamamos con una palabra que ya usaron los propios griegos: taxis, es decir, «orden». Los órdenes arquitectónicos griegos son básicamente tres —dórico, jónico y corintio— y con ellos se construyeron no solo los templos de Grecia sino, por vía romana y renacentista, casi todos los bancos, parlamentos y museos neoclásicos del mundo occidental.

Vitruvio, el arquitecto romano del siglo I a.C., los clasificó por primera vez en su tratado De architectura y les dio el vocabulario técnico que usamos aún: estereóbato, estilóbato, triglifo, metopa, arquitrabe, friso, cornisa, equino, volutas, acanto. Cada orden es un sistema modular donde el diámetro inferior de la columna funciona como módulo de medida del conjunto entero.
El orden dórico: austeridad peloponesia
El más antiguo de los tres es el dórico, que aparece ya formalizado en el siglo VII a.C. en el Peloponeso y en las colonias griegas del sur de Italia y Sicilia (la Magna Grecia). Vitruvio lo asocia a los pueblos dorios y lo describe como un orden «masculino», severo y sin concesiones. Sus rasgos son inconfundibles: columna sin basa, apoyada directamente sobre el estilóbato; fuste acanalado con 20 acanaladuras de aristas vivas; capitel formado por un equino convexo y un ábaco cuadrado, sin más ornamento; entablamento con friso rítmico de triglifos (placas con tres canales verticales) y metopas (paneles cuadrados lisos o esculpidos).
La proporción del dórico antiguo es robusta: las columnas del templo de Hera en Olimpia (h. 590 a.C.) tienen una altura equivalente a solo 4,3 veces su diámetro inferior. Conforme evoluciona durante los siglos VI y V a.C., se vuelve más esbelto: el Partenón (447-432 a.C.) ya alcanza la relación 5,48 y sus columnas exhiben una entasis (leve curvatura convexa del fuste) calculada para corregir ópticamente la impresión de concavidad. Los ejemplos conservados más imponentes son el propio Partenón, el templo de Zeus en Olimpia, el Hefesteion de Atenas, los templos de Paestum y el templo C de Selinunte. El dórico fue el orden preferido para los grandes santuarios cívicos: su austeridad matemática casaba con la seriedad ritual.
El orden jónico: las volutas del Egeo oriental
El jónico nace algo después, en el siglo VI a.C., en las ciudades griegas de la costa occidental de Anatolia y las islas cercanas —Jonia, Caria, Samos, Éfeso, Priene—, de donde toma el nombre. Vitruvio lo caracteriza como un orden «femenino» por su esbeltez y su ornamento. Sus señas: columna con basa formada por dos toros y una escocia (basa ática) o anillos horizontales (basa samia); fuste con 24 acanaladuras separadas por listeles planos; capitel con dos grandes volutas espirales a los lados, recurso ornamental que probablemente imita cuernos de carnero o los rizos laterales de los capiteles proto-eólicos fenicios. El entablamento jónico sustituye los triglifos y metopas por un friso continuo, liso o esculpido con relieves narrativos.

La proporción jónica es más alta que la dórica, típicamente 9 veces el diámetro de la columna, lo que produce edificios de aspecto más elegante y ligero. Los ejemplos canónicos son el Erecteion en la Acrópolis de Atenas (421-406 a.C.), con su famoso pórtico de las Cariátides y sus columnas orientales; los colosales templos de Artemisa en Éfeso (una de las Siete Maravillas, con columnas de más de 17 metros) y de Hera en Samos; y el templo de Atenea Niké en la propia Acrópolis. Los griegos orientales preferían el jónico porque reflejaba la tradición de monumentalidad lujosa de Asia Menor, más próxima al gusto lidio y persa.
El orden corintio: acanto de Calímaco
El corintio es el más tardío y ornamentado. Aparece a finales del siglo V a.C. y se consagra durante el IV. Vitruvio relata una leyenda encantadora sobre su origen: el escultor y orfebre Calímaco de Corinto habría visto en una tumba una cesta votiva rodeada por los brotes crecidos de una planta de acanto y, fascinado por el motivo, habría diseñado un capitel imitando el efecto. Histórica o no, la anécdota capta bien el espíritu del orden: un capitel alto con forma de cesta envuelta por dos filas de hojas de acanto, rematado por volutas menores en las esquinas y un ábaco cóncavo con rosetas.
El corintio usa el mismo fuste, basa y entablamento que el jónico —solo cambia el capitel—, pero es más esbelto todavía (hasta 10 diámetros). El primer ejemplo conocido es una columna interior del templo de Apolo Epicúreo en Basas (h. 420 a.C.), obra de Ictino. Después se usa, entre otros, en el monumento corégico de Lisícrates en Atenas (334 a.C.) y en el colosal Olympieion de Atenas, iniciado en el siglo II a.C. y terminado por el emperador Adriano en el 131 d.C. Los griegos clásicos lo reservaron para interiores y pequeños monumentos; fueron los romanos quienes lo convirtieron en el orden dominante del imperio, aplicándolo al Panteón, al templo de Júpiter Capitolino y a incontables foros provinciales.
Los refinamientos ópticos del Partenón
El estudio detallado del Partenón durante los siglos XIX y XX reveló que los arquitectos Ictino y Calícrates, bajo la dirección de Fidias, aplicaron una serie de correcciones ópticas casi imperceptibles pero cruciales. El estilóbato no es plano: tiene una leve curvatura convexa (se eleva unos 11 cm en el centro de los lados largos) para que no parezca hundido desde lejos. Las columnas no son verticales: se inclinan ligeramente hacia adentro, con una desviación de unos 6 cm sobre 10 metros de altura, lo que si se prolongaran haría que se encontraran todas en un punto a kilómetros de altura. Las columnas esquinales son algo más gruesas que las demás, porque contra el cielo luminoso se verían más finas. Y todo el fuste tiene entasis, un engrosamiento en torno a un tercio de la altura que corrige la ilusión de cintura estrechada.
Ninguna línea del edificio es, en realidad, recta. Todo está curvado e inclinado por cálculo. Este nivel de sofisticación visual convirtió al Partenón en el modelo absoluto del dórico maduro y en el argumento clásico para demostrar que los griegos no buscaban la perfección geométrica, sino la perfección percibida.
De Vitruvio a los parlamentos del siglo XIX
Los romanos añadieron dos órdenes propios —el toscano, simplificación rústica del dórico, y el compuesto, mezcla de volutas jónicas con hojas corintias— y codificaron los cinco en los tratados que dominarían Europa durante dos milenios. Cuando en el siglo XV Leon Battista Alberti y Filippo Brunelleschi redescubren a Vitruvio, los cinco órdenes se convierten en la gramática obligatoria de la arquitectura culta renacentista. Palladio, Vignola y Serlio publican manuales ilustrados con las proporciones exactas. Esos manuales viajan a Inglaterra, Francia, España y, desde ahí, a las colonias americanas.
El resultado es que hoy los tres órdenes griegos están en todas partes sin que lo notemos: en la fachada del British Museum (jónico), en el Capitolio de Washington (corintio y compuesto), en la Bolsa de Nueva York (corintio), en la Asamblea Nacional francesa, en el Altes Museum de Berlín, en el Congreso mexicano. Cada columna acanalada con capitel de volutas o de hojas de acanto es, técnicamente, una cita arquitectónica del siglo V a.C. ateniense.
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Preguntas frecuentes sobre los órdenes arquitectónicos griegos
El dórico, el jónico y el corintio. Cada uno se distingue por el tipo de columna (con o sin basa, número y forma de las acanaladuras, diseño del capitel) y por el entablamento que sostienen. Los romanos añadieron después dos órdenes derivados, el toscano y el compuesto, formando el sistema de los cinco órdenes clásicos.
Por el capitel. El dórico tiene un capitel simple con un equino convexo y un ábaco cuadrado, sin ornamento. El jónico muestra dos grandes volutas espirales laterales. El corintio despliega una cesta alta envuelta por hojas de acanto y volutas menores en las esquinas. Además, el dórico no tiene basa bajo la columna, mientras que el jónico y el corintio sí.
El Partenón es el ejemplo canónico del orden dórico maduro. Construido entre el 447 y el 432 a.C. por los arquitectos Ictino y Calícrates bajo la dirección de Fidias, presenta columnas dóricas con entasis, inclinaciones imperceptibles y un estilóbato ligeramente curvado, refinamientos ópticos que corrigen la percepción del edificio desde la distancia.
Vitruvio cuenta que el escultor Calímaco de Corinto, hacia finales del siglo V a.C., vio en una tumba una cesta votiva rodeada por los brotes de una planta de acanto y diseñó un capitel imitando ese efecto. El primer ejemplo documentado es una columna del templo de Apolo Epicúreo en Basas (h. 420 a.C.), obra del mismo Ictino del Partenón.
Porque a través del tratado de Vitruvio (siglo I a.C.) y de los manuales renacentistas de Alberti, Palladio, Serlio y Vignola, los órdenes griegos se convirtieron en la gramática obligatoria de la arquitectura culta europea durante siglos. El neoclasicismo de los siglos XVIII y XIX los aplicó a parlamentos, museos y tribunales de todo el mundo occidental como símbolo visual de racionalidad y autoridad cívica.
El dórico griego es más robusto, no tiene basa bajo la columna y sus proporciones están ligadas al módulo clásico del siglo V. El dórico romano, codificado por Vitruvio, añadió una basa simple a la columna, adelgazó el fuste y estandarizó las proporciones en el módulo romano. El orden toscano romano es una simplificación aún mayor del mismo esquema, sin acanaladuras y con capitel muy liso.
