El tofet de Cartago: la controversia de los sacrificios infantiles

En 1921, dos arqueólogos franceses excavaban un descampado al sur de las ruinas de Cartago cuando dieron con algo escalofriante: miles de pequeñas urnas funerarias apiladas en estratos, cada una conteniendo los huesos calcinados de un recién nacido. Sobre las urnas, estelas de piedra grabadas con dedicatorias a Baal Hammon y Tanit. Era el tofet de Cartago, y reabría una de las polémicas más tensas de la arqueología antigua: ¿practicaban los cartagineses sacrificios humanos infantiles tal y como los acusaban Plutarco, Diodoro Sículo y la Biblia?

Estela púnica del tofet de Cartago con el signo de Tanit dedicada a Baal Hammon
Estela púnica del tofet de Cartago con el signo de Tanit dedicada a Baal Hammon

Más de un siglo después, el debate sigue abierto. Para unos, el tofet es la prueba material de un rito que duró seis siglos. Para otros, un cementerio infantil normal cuyas connotaciones siniestras inventó la propaganda romana tras destruir la ciudad en 146 a.C. Lo que nadie discute es que en ese rincón del barrio de Salambó descansan los restos de al menos 20.000 niños incinerados entre el siglo VIII a.C. y el II a.C.

Qué es exactamente un tofet

La palabra tofet no es cartaginesa: viene del hebreo bíblico (tōpheth) y aparece en los libros de Jeremías y de Reyes para nombrar un lugar del valle de Hinom, junto a Jerusalén, donde supuestamente se quemaban niños «haciéndolos pasar por el fuego» en honor del dios Mōlek. Cuando los arqueólogos identificaron el santuario al aire libre de Salambó en 1921, importaron la palabra para describir un tipo de recinto sagrado que solo aparece en el mundo púnico occidental: Cartago, Motia (Sicilia), Sulcis y Tharros (Cerdeña), Hadrumetum (Túnez) y unos cuantos enclaves más.

Estructuralmente, un tofet es un santuario abierto, sin templo cerrado, con un campo de urnas funerarias enterradas bajo capas sucesivas de tierra y piedras. Sobre cada urna —o sobre grupos de ellas— se colocaba una estela de piedra caliza o arenisca con una breve inscripción: el nombre del dedicante, una fórmula votiva y, casi siempre, la mención de Baal Hammon y de la diosa Tanit, «rostro de Baal». El tofet de Cartago llegó a tener nueve estratos arqueológicos superpuestos y se calcula que albergó entre 20.000 y 25.000 deposiciones.

Las acusaciones de las fuentes clásicas

Los autores grecolatinos pintaron a Cartago como una sociedad capaz de horrores rituales. Diodoro Sículo, en el libro XX de su Biblioteca histórica, cuenta que en 310 a.C., cuando el tirano siracusano Agatocles desembarcó en África y amenazó la ciudad, los cartagineses se dieron cuenta de que llevaban años engañando a Baal sustituyendo a sus propios hijos por niños comprados a esclavos. Para aplacar al dios, las familias nobles entregaron 500 niños, «200 elegidos por el Consejo y 300 ofrecidos voluntariamente». Según Diodoro, los niños se colocaban sobre los brazos extendidos de una estatua broncínea inclinada hacia adelante, desde la cual rodaban a una hoguera.

Plutarco, en Sobre la superstición, añade detalles aún más crudos: las madres asistían sin llorar para no malgastar el sacrificio, mientras flautistas y tamborileros tapaban los gritos. Quinto Curcio Rufo, Tertuliano y los profetas hebreos completan el cuadro. La pregunta clave es si estos textos describen una realidad o si recogen un tópico anti-fenicio que servía para justificar la destrucción de una rival comercial.

Lo que dicen los huesos

Aquí es donde la arqueología moderna se ha dividido en dos bandos. En 2010, un equipo dirigido por Jeffrey Schwartz (Universidad de Pittsburgh) publicó en PLoS ONE un estudio de los restos óseos de 348 urnas: la mayoría correspondía a fetos prematuros, mortinatos y neonatos muertos en sus primeras semanas. Conclusión de Schwartz: el tofet no era un lugar de sacrificio, sino un cementerio especializado para los niños que la altísima mortalidad perinatal del mundo antiguo se llevaba antes del rito de incorporación a la familia.

La réplica llegó en 2014. Paolo Xella (CNR de Roma), Josephine Quinn (Oxford) y otros publicaron en Antiquity una respuesta demoledora. Argumentaron que las técnicas de Schwartz subestimaban la edad real de los huesos: la cremación encoge los restos y altera la estimación. Reanalizando los datos y combinándolos con la epigrafía votiva —cientos de estelas que usan las fórmulas mlk ‘mr («ofrenda de cordero») y mlk b’l («ofrenda al señor»)— concluyeron que el tofet sí era un lugar de sacrificio, pero limitado a algunas familias, en momentos de crisis o como cumplimiento de votos personales. La distribución de edades (con un pico entre uno y tres meses) no encaja con una mortalidad natural pura.

Entre 2017 y 2023, nuevos análisis isotópicos y genéticos han confirmado lo que Quinn y Xella sostuvieron: los niños del tofet son demasiado mayores y demasiado uniformes para ser víctimas de mortalidad infantil aleatoria. La hipótesis que hoy gana terreno entre los especialistas es la vía intermedia: el tofet acogía tanto a recién nacidos muertos por causas naturales como a víctimas reales de sacrificio votivo, y ambas categorías recibían el mismo tratamiento ritual porque la familia «pagaba» su deuda con el dios entregándole al hijo perdido o, en casos extremos, sacrificando a uno vivo.

Baal Hammon, Tanit y el dios Molok

Baal Hammon era el dios principal de Cartago, una divinidad solar, agraria y patriarcal heredada del panteón fenicio. Se le representaba como un anciano barbado entronizado, con cuernos de carnero y a veces sosteniendo una espiga. Tanit, su consorte, gana protagonismo a partir del siglo V a.C. y aparece en las estelas como un símbolo geométrico inconfundible: un triángulo coronado por un disco solar y un travesaño horizontal —el llamado «signo de Tanit»—. Hacia el final de Cartago, Tanit eclipsa a Baal hasta convertirse en la diosa nacional.

El «Mōlek» o «Moloch» de la Biblia ha sido durante siglos identificado como un dios cananeo devorador de niños. Pero la filología semítica moderna apunta a que mlk no era un nombre divino sino un tipo de ofrenda: la raíz m-l-k en púnico significa «presentar, ofrecer». Las estelas votivas de Cartago no dedican el sacrificio «a Mōlek» sino «a Baal, como mlk». El monstruo broncíneo del imaginario europeo —Flaubert lo inmortalizó en Salambó (1862)— probablemente nunca existió como tal: es una mezcla literaria de un tipo de ofrenda púnica y un dios bíblico.

Por qué importa el debate hoy

El tofet condiciona toda la imagen que tenemos del mundo púnico. Si Cartago fue un imperio comercial sofisticado que también practicaba sacrificios infantiles rituales, entonces hay que aceptar la coexistencia incómoda entre alta cultura urbana y crueldad ritual —algo que también vemos en los aztecas, los celtas o ciertas etapas de Mesopotamia—. Si en cambio el tofet era solo un cementerio infantil malinterpretado por la propaganda romana, hay que reescribir la historia de Cartago como víctima de un genocidio reputacional sostenido durante 2.000 años.

La historiografía más reciente —Josephine Quinn, en In Search of the Phoenicians (2018), o Carolina López-Ruiz, en Phoenicians and the Making of the Mediterranean (2021)— se sitúa en el terreno medio: sí hubo sacrificios, pero fueron menos masivos y menos frecuentes de lo que sugerían Diodoro o Plutarco, y deben entenderse en su lógica religiosa propia, no a través del filtro moralizante grecorromano. Lo que terminó con el rito no fue el rechazo moral, sino la destrucción de Cartago a manos de Escipión Emiliano en 146 a.C., que sepultó el tofet bajo escombros durante dos milenios.

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Preguntas frecuentes sobre el tofet de Cartago

¿Qué es el tofet de Cartago?

Es un santuario al aire libre situado en el barrio de Salambó, al sur de la antigua Cartago, donde entre los siglos VIII y II a.C. se enterraron al menos 20.000 urnas con restos incinerados de recién nacidos, dedicadas a los dioses Baal Hammon y Tanit. Fue identificado en 1921 y es el más grande conocido del mundo púnico.

¿Realmente sacrificaban niños en Cartago?

La mayoría de los especialistas actuales (Quinn, Xella, López-Ruiz) acepta que sí hubo sacrificios infantiles votivos, pero limitados a casos específicos: cumplimiento de promesas o crisis colectivas como la invasión de Agatocles en 310 a.C. La idea de hogueras masivas con cientos de víctimas viene exagerada de Diodoro Sículo y la propaganda romana.

¿Quién era el dios Moloch?

«Moloch» o «Mōlek» no era un dios concreto sino un término semítico (mlk) que significa «ofrenda» o «presentación». La Biblia lo personificó como deidad cananea devoradora de niños, pero en las estelas púnicas de Cartago el sacrificio se dedica siempre a Baal Hammon y Tanit, no a un tal Moloch. La estatua broncínea con brazos extendidos es invención literaria posterior.

¿Quiénes eran Baal Hammon y Tanit?

Baal Hammon era el dios supremo de Cartago, una divinidad solar y agraria heredada del panteón fenicio, representado como anciano entronizado con cuernos de carnero. Tanit era su consorte, identificada con un signo geométrico (triángulo, disco y travesaño) y a partir del siglo V a.C. se convirtió en la diosa nacional cartaginesa.

¿Dónde se puede visitar hoy el tofet?

El tofet de Salambó se encuentra dentro del Parque Arqueológico de Cartago, en el actual suburbio de Cartago (Túnez), a unos 15 km de la capital. Forma parte del sitio Patrimonio de la Humanidad desde 1979 y se pueden ver in situ varias estelas con el signo de Tanit y dedicatorias a Baal Hammon. Más estelas se exhiben en el Museo Nacional del Bardo.

¿Existían tofets fuera de Cartago?

Sí. Se han identificado tofets en otras colonias púnicas del Mediterráneo occidental: Motia en Sicilia, Sulcis y Tharros en Cerdeña, Hadrumetum en Túnez y varios más. Es un fenómeno casi exclusivo del mundo cartaginés occidental: en el Líbano fenicio original, cuna de los colonos, no aparecen, lo que ha alimentado el debate sobre cuándo y por qué surgió este rito.