El Imperio Maurya fue el primer gran imperio de la India, una potencia que en su apogeo controlaba casi todo el subcontinente indio y partes de Afganistán y Persia. Fundado por Chandragupta Maurya en el 322 a.C. con la ayuda de su brillante consejero Chanakya, el imperio alcanzó su máxima extensión bajo Ashoka, el nieto de Chandragupta, que gobernó desde el 268 hasta el 232 a.C. La historia de Ashoka es una de las más extraordinarias de la Antigüedad: un conquistador brutal que, tras presenciar la devastación causada por sus propias guerras, se transformó en el emperador más pacifista de la historia antigua y dedicó el resto de su reinado a promover el budismo, la no violencia y el bienestar de sus súbditos.

Chandragupta y Chanakya: el nacimiento del imperio
La fundación del Imperio Maurya está envuelta en leyenda y política. Chanakya (también conocido como Kautilya o Vishnugupta) era un brahmán que había sido humillado en la corte del rey Nanda de Magadha. Según la tradición, juró destruir la dinastía Nanda y buscó un instrumento para su venganza: lo encontró en Chandragupta, un joven de origen humilde pero con ambición y carisma excepcionales. Chanakya lo entrenó en política, estrategia militar y gobierno, y juntos organizaron un ejército que derrocó a la dinastía Nanda hacia el 322 a.C.
Chanakya escribió (o se le atribuye) el Arthashastra, uno de los tratados de ciencia política más despiadados jamás escritos. El texto, redescubierto en 1905 tras haber estado perdido durante siglos, describe con una franqueza que haría enrojecer a Maquiavelo las técnicas de espionaje, asesinato político, guerra económica, manipulación de alianzas y control de la población que un rey debía emplear para mantener y expandir su poder. El Arthashastra prescribe una red de espías que debían infiltrar todas las capas de la sociedad, disfrazados de monjes, mercaderes, prostitutas y mendigos.
Chandragupta expandió rápidamente su imperio. Tras unificar el norte de la India, se enfrentó a Seleuco I Nicátor, el sucesor de Alejandro Magno en Asia, y lo derrotó, obligándolo a ceder las provincias de Gandhara, Aracosia y Gedrosia (actuales Afganistán y Baluchistán) a cambio de quinientos elefantes de guerra. Según la tradición jainista, Chandragupta abdicó al final de su vida, se hizo monje jainista y murió de inanición voluntaria en Shravanabelagola, un acto de renuncia suprema que contrasta radicalmente con la brutalidad de su ascenso al poder.
Ashoka antes de la transformación: el conquistador
Ashoka ascendió al trono hacia el 268 a.C. tras una guerra de sucesión en la que, según las tradiciones budistas, eliminó a varios de sus hermanos. Sus primeros años como emperador siguieron el modelo de sus predecesores: expansión militar agresiva y gobierno autoritario. El punto de inflexión llegó en el 262 a.C. con la conquista de Kalinga (actual estado de Odisha), una campaña que resultó en una de las batallas más sangrientas de la historia antigua.
Las propias inscripciones de Ashoka, talladas en roca por todo el imperio, describen las consecuencias: «Cien mil personas fueron deportadas, cien mil fueron asesinadas y muchas veces ese número murieron después». El propio Ashoka visitó el campo de batalla tras la victoria y quedó devastado por lo que vio. «El sufrimiento causado a los brahmanes, ascetas, cabezas de familia y a todos los seres vivos de Kalinga pesa profundamente en la mente del Amado de los Dioses», escribió en el Edicto XIII, usando el título que se dio a sí mismo: Devanampiya («Amado de los Dioses»).
La conversión al budismo y los Edictos de Ashoka
Tras Kalinga, Ashoka abrazó el budismo y reorientó completamente la política imperial. No renunció al poder ni disolvió el ejército, pero transformó los objetivos del Estado: en lugar de conquista territorial, la misión del imperio sería la conquista moral (dhammavijaya). Los Edictos de Ashoka, tallados en pilares y rocas por todo el subcontinente, constituyen la primera declaración de principios éticos universales emitida por un gobernante.
Los edictos proclaman la tolerancia religiosa («Todas las sectas merecen reverencia por una u otra razón»), la no violencia hacia humanos y animales (Ashoka restringió la caza y estableció hospitales veterinarios), el respeto a los ancianos y maestros, la moderación en el gasto y el comportamiento, y la obligación del gobierno de promover el bienestar de todos sus súbditos, incluidos los de los reinos vecinos. Ashoka envió misiones budistas a Sri Lanka, Birmania, Grecia, Egipto y Siria, contribuyendo decisivamente a la expansión del budismo fuera de la India.
Los pilares de Ashoka y el capital de los leones
Los pilares de Ashoka son columnas monolíticas de arenisca pulida, de hasta quince metros de altura, coronadas por capiteles con figuras de animales. El más famoso es el Capital de los Leones de Sarnath, un capitel con cuatro leones de espaldas que miran a los cuatro puntos cardinales, sentados sobre un ábaco decorado con un elefante, un caballo, un toro y un león separados por ruedas del dharma. Este capital fue adoptado como emblema nacional de la India en 1950 y aparece en todos los documentos oficiales, monedas y pasaportes indios. La rueda del dharma (Ashoka Chakra) del ábaco ocupa el centro de la bandera india.
La calidad técnica de los pilares es excepcional: el pulido de la piedra es tan fino que durante siglos se creyó que eran de metal. El proceso de fabricación, transporte y erección de columnas de hasta 50 toneladas sigue siendo objeto de estudio, ya que algunas fueron transportadas cientos de kilómetros desde las canteras hasta su ubicación final sin la tecnología que emplearon los romanos o los egipcios para proyectos similares.
Declive y redescubrimiento
Tras la muerte de Ashoka en el 232 a.C., el Imperio Maurya declinó rápidamente. Sus sucesores carecieron de la autoridad y la visión de los tres grandes emperadores, y el imperio se fragmentó en menos de cincuenta años. El último emperador Maurya, Brihadratha, fue asesinado por su propio general, Pushyamitra Shunga, en el 185 a.C., poniendo fin a la dinastía.
Ashoka fue olvidado durante casi dos mil años. Sus inscripciones, talladas en una escritura que nadie podía leer, permanecieron mudas hasta que el orientalista británico James Prinsep descifró la escritura brahmi en 1837. Cuando los edictos fueron finalmente leídos, el mundo descubrió que había existido un emperador antiguo que renunció a la guerra, proclamó la tolerancia religiosa y dedicó su poder a reducir el sufrimiento humano, un gobernante que anticipó valores que Occidente no articularía hasta la Ilustración.
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