Faraones
El faraón no era simplemente el rey de Egipto: era un dios vivo en la Tierra. Cada faraón era considerado la encarnación de Horus durante su vida y se convertía en Osiris al morir. Esta concepción divina del poder —única en el mundo antiguo— otorgaba al faraón una autoridad absoluta sobre todos los aspectos de la vida egipcia: la política, la religión, la economía y la guerra.
Durante más de 3.000 años, más de 170 faraones gobernaron Egipto a lo largo de 30 dinastías. Algunos son figuras legendarias reconocidas en todo el mundo; otros gobernaron apenas unos meses y cayeron en el olvido. Juntos construyeron una de las civilizaciones más duraderas y fascinantes de la historia humana.
Artículos sobre Faraones
El título de faraón: rey, dios y sumo sacerdote
La palabra «faraón» proviene del egipcio per-aa, que significa «la gran casa» y originalmente designaba al palacio real, no a su ocupante. Solo a partir del Imperio Nuevo (c. 1550 a.C.) empezó a usarse como título para el rey en persona. El faraón portaba cinco títulos oficiales: el nombre de Horus, el nombre de las Dos Señoras, el nombre de Horus de Oro, el nombre de Rey del Alto y Bajo Egipto, y el nombre de Hijo de Ra.
El símbolo más visible de su poder era la doble corona (pschent): la corona blanca del Alto Egipto combinada con la corona roja del Bajo Egipto. Junto al cayado (heqat) y el mayal (nekhakha), formaban las insignias reales que representaban el dominio sobre toda la tierra egipcia. El faraón también llevaba la barba postiza trenzada, símbolo divino, incluso las faraonesas como Hatshepsut.
Los faraones más importantes de la historia
Ramsés II (r. 1279-1213 a.C.) fue el faraón que más tiempo gobernó Egipto —66 años— y el que más monumentos construyó, incluyendo Abu Simbel y la sala hipóstila de Karnak. Firmó con los hititas el primer tratado de paz de la historia conocida tras la batalla de Qadesh (1274 a.C.).
Hatshepsut (r. c. 1473-1458 a.C.) fue una de las pocas mujeres que gobernó Egipto como faraona. Se representó a sí misma con barba postiza y los atributos masculinos del poder. Organizó expediciones comerciales a la tierra de Punt y construyó el impresionante templo de Deir el-Bahari. Tras su muerte, su sucesor Tutmosis III ordenó borrar su nombre de todos los monumentos.
Akhenatón (r. c. 1353-1336 a.C.) protagonizó la mayor revolución religiosa de la historia egipcia: suprimió el culto a todos los dioses excepto Atón (el disco solar) e impuso una forma de monoteísmo sin precedentes. Fundó una nueva capital, Ajetatón. Tras su muerte, todos sus cambios fueron revertidos y su nombre borrado. Era el padre de Tutankamón, cuya tumba, descubierta intacta en 1922 por Howard Carter, es el descubrimiento arqueológico más célebre del siglo XX.
El Ka, el Ba y la vida eterna
Para los egipcios, el ser humano tenía múltiples componentes espirituales. El Ka era la fuerza vital, la esencia que animaba el cuerpo durante la vida y necesitaba sustento después de la muerte — de ahí las ofrendas funerarias. El Ba era la personalidad individual, representada como un pájaro con cabeza humana que podía moverse libremente entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
La momificación tenía el objetivo de preservar el cuerpo físico para que el Ka pudiera reconocerlo y habitarlo. El proceso duraba 70 días e incluía la extracción de órganos internos (guardados en vasos canopos), el secado con natrón y el vendado con lino. El faraón, como dios vivo, tenía garantizada la vida eterna — sus súbditos debían merecerla superando el juicio de Osiris, donde su corazón era pesado contra la pluma de Ma’at.
