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Dioses egipcios

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Los egipcios adoraban a más de 2.000 dioses diferentes. Había dioses para cada aspecto de la vida: el amanecer, las inundaciones del Nilo, el parto, la cosecha, los escorpiones, la cerveza. Era la religión más prolífica del mundo antiguo. Y sin embargo, todos estos dioses compartían una característica: podían fusionarse entre sí, absorberse mutuamente y cambiar de forma según el contexto.

Los dioses egipcios no eran figuras distantes e inalcanzables: vivían en sus templos, necesitaban ser alimentados, vestidos y entretenidos cada día. Los sacerdotes realizaban tres rituales diarios en los que abrían el santuario, lavaban y vestían la estatua del dios, le ofrecían alimentos y perfumes, y lo devolvían al reposo. El dios, a cambio, mantenía el orden cósmico (Ma’at) que hacía posible la vida.

Los dioses más importantes del panteón egipcio

Ra (o Re) era el dios solar y creador del mundo. Viajaba por el cielo en su barca solar durante el día y atravesaba el inframundo por la noche, combatiendo cada noche a la serpiente Apophis. Los faraones eran llamados «Hijos de Ra».

Osiris era el dios de los muertos y la resurrección. Según el mito más importante de Egipto, fue asesinado por su hermano Seth, despedazado en 14 trozos y resucitado por su esposa Isis. Su historia era la promesa de la vida eterna para todos los egipcios. Isis fue la gran maga y madre protectora, cuyo culto se extendió por todo el Imperio Romano. Horus, hijo de Osiris e Isis, era el dios del cielo con cabeza de halcón, cuyo ojo representaba el sol y la luna — el ojo de Horus (udjat) sigue siendo uno de los símbolos más reconocidos del mundo.

Anubis, el chacal negro, presidía la momificación y guiaba a los muertos al juicio de Osiris, donde pesaba el corazón contra la pluma de la diosa Ma’at. Seth, dios del caos y las tormentas, era temido pero necesario: representaba las fuerzas destructivas sin las cuales no existiría el equilibrio. Thoth, el ibis o el babuino, era el dios de la escritura y la sabiduría, inventor de los jeroglíficos.

La Enéada de Heliópolis y la creación del mundo

El mito de la creación más extendido situaba el origen del mundo en Heliópolis. Al principio solo existía el caos acuático primordial (Nun). De él emergió un montículo de tierra, sobre el que se alzó el dios Atum (una forma de Ra), que por masturbación o estornudo creó a la primera pareja divina: Shu (el aire) y Tefnut (la humedad). Ellos engendrarón a Geb (la tierra) y Nut (el cielo). Y de Geb y Nut nacieron los cuatro grandes: Osiris, Isis, Seth y Neftis. Estos nueve dioses formaban la Enéada de Heliópolis, la familia divina fundacional.

El juicio del alma: el pesaje del corazón

Según el Libro de los Muertos, tras la muerte el alma debía superar el juicio de Osiris en la Sala de las Dos Verdades. El corazón del difunto era colocado en una balanza frente a la pluma de Ma’at (la diosa de la justicia y el orden). Si el corazón era más ligero que la pluma — señal de una vida justa — el alma era admitida en el Campo de Juncos, el paraíso egipcio. Si pesaba más, lo devoraba Ammit, el monstruo mezcla de cocodrilo, leona e hipopótamo, y el alma dejaba de existir para siempre.